jueves, 1 de noviembre de 2012

Des-encontrar. Des-reconocer.

Los sentidos son las ventanas que nos asoman, desde el hogar confortable de nuestro cerebro, a la porción de paisaje hacia la que los tenemos orientados.

Si nuestras ventanas, puertas, patios, nuestros ojos, oídos, dedos, están sintonizados con lo que estamos habituados a ver, oír y tocar, entonces buscamos simplemente, corroborar que lo que esperábamos ver sigue estando ahí desde la última vez que chequeamos.

Seguramente le haya sucedido: está usted de viaje y se hospeda en un hotel lejos de su casa. Se despierta en mitad de la noche y, desorientado, se da cuenta de que no tiene ni la más ignota idea de donde se encuentra: sus sentidos, habituados no a ver, sino a querer encontrar lo que debe estar ahí, no reconoce lo que le rodea y tarda unos segundos de frenética actividad en nuestra mente en un intercambio fulminante de preguntas y respuestas entre el subconsciente (el que reconoce) y el consciente (el que ve lo nuevo) hasta que llegan a una respuesta plausible para ambos: ¿dónde estoy?; ¿qué es esa luz del techo?; ¿qué es ese zumbido como de... minibar? Ah, sí, estoy en un, este, hotel desde anoche).

En otras palabras, en lugar de ver entender, nuestro proceso perceptivo se basa en ver reconocer entender. Solo cuando nos damos esa explicación por la que la lucecita roja del techo es el detector de incendios de la habitación, recalibramos nuestras coordenadas en el planeta y nuestro propio googlemapsmental nos devuelve al hotel (y al incordiante ruidito de su minibar). Lástima: no era finalmente el dormitorio de ese irresistible vecinx del tercero que creíamos en primera instancia.

Luego entonces, si nuestro proceso perceptivo es ver reconocer-algo-que-nos-es-familiar entender, ya que es lo más eficiente (menos calorías consumidas por nuestro cerebro), no es de extrañar que nuestra tendencia inicial cuando nos enfrentamos a un obstáculo nuevo sea a resolverlo con aquello que nos funcionó en el pasado... aunque fuera para solventar problemas que en este caso sean irrelevantes: intentar usar un martillo con un currículum excepcional para enhebrar un hilo de seda.

Las respuestas para este nuevo problema, y he aquí el dilema, se hallan solo cuando se pregunta; es decir, formulando planteamientos que nos expulsen de nuestro desierto magníficamente decorado (pero desierto en fin) hacia la in-certidumbre de terrenos distantes y aún no cartografiados. Plantear, cuestionar, reenfocar, dinamitar lo que asumimos debe ser es uno de los caminos para continuar improvisando de modo efectivo en el camino imprevisible de la vida.

Requiere coraje, sí, sobre todo para escrutar aquellas premisas que consideramos intocables: creencias arraigadas, derechos adquiridos, trampas del ego.

Al principio no tendremos ni idea de por dónde proceder (como despertar en mitad de la noche en una cama de hotel que no es la nuestra y que aún no re-conocemos).

Es indiferente: continúen cuestionando. Perforen el invisible muro que le recluye en su desierto magníficamente decorado y tanteen nuevos senderos.

Especialmente ahí, donde aún no haya ninguno.

domingo, 21 de octubre de 2012

La Buena Escasez.

Estamos entrenados para estar estresados.

El estrés aparece ante una situación, básicamente, de escasez real o percibida: desde la de los minutos que anticipamos nos quedan de vida al ver aquel proverbial y ancestral león con ganas de carpaccio de humano en la sabana africana hace cien siglos, hasta la versión actual del encabr*namiento que agarramos porque nos quite el de delante esa plaza de aparcamiento en la calle en hora punta tras más de 45 minutos dando vueltas con el coche y ya llegando tarde a la reunión.

Para hacer la historia aún menos apetecible, estamos diseñados para anticipar escenarios futuros que, creemos, son lógicos (caray, que para eso somos los seres más inteligentes del planeta) y que, vaya, tienden más bien a ser catastrofistas... o absurdamente optimistas: desde el no emprendo porque es muy arriesgado y puedo quebrar al voy a comprar Facebook, Google y de paso la economía de Canadá con esta nueva app que acabo de diseñar en 2 horas, abran paso.

El resultado, obvio: nos pasamos incontables horas al días pre-ocupados por lo que es, puede ser, será, podría ser, probablemente sea, me han dicho que será... que ocupados actuando de un modo efectivo para nuestros propósitos.

O sea: sin mover el c*lo.

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He aquí una curiosa paradoja de la condición humana.

Nos educamos y trabajamos consistentemente en 'modo escasez': desde el 'hay que luchar por las pocas matrículas de honor' en la escuela primaria, hasta la oferta para un puesto de trabajo con 500 candidatos, pasando por la monogamia vitalicia (sea con la pareja o con una hipoteca), la religión única, o la batalla por ahorrar esos céntimos en cada compra de los sábados.

La réplica la tenemos sobradamente constatada y experimentada cada uno de nosotros en cuanto nos percatamos de ello: la abundancia de posibilidades, opciones, proyectos, recursos, contactos, formaciones, vivencias a los que podemos optar es, llanamente, infinita (si hacemos algo al respecto). Es así, relativamente sencillo, modificar nuestra creencia de la botella medio vacía y sustituirla por la de la botella que desborda: tan solo hay que habituarnos a invertir más tiempo diario en abrir más los ojos y los oídos y menos la boca.

Pero sin embargo, hay una convicción que puede autodinamitar nuestras propias metas:

Cuanta más percepción de abundancia tengamos, menos actuamos.

Nos enredamos así hasta tal extremo con filosofías, deseos lanzados a una fuente, brindis al sol, cursos de motivación, gurús acaricialomos que periódicamente refuerzan nuestro nuevo descubrimiento de lo absurdamente abundante que es el mundo que hallamos una magnífica excusa (más) para no mover un dedo.

O sea: estoy supermegamotivado para seguir hallando modos de mantenerme supermegamotivado... pero no nos desplazamos una sola pulgada hacia donde queremos ir.

Las soluciones a este contrasentido podrían pasar por varios ejes:

  • Saber que motivarse es un medio, no un fin: sin la motivación, no se consigue nada, cierto. Pero con ella, sí, tendremos tanto combustible como vehículo... pero todavía hay que girar la llave para que la cosa se mueva.
  • Ambicionar la abundancia es lo que nos ha permitido tanto progreso como especie: si no tuviéramos nada a lo que aspirar, seguiríamos siendo protozoos.
  • Temer la escasez es útil siempre que no sea paralizante: un poco de canguelo, en ocasiones, viene bien para mover el trasero.
  • Una persona que emprende o busca empleo con una cuenta bancaria saludable tiene menos prisa que una a la que se le acaban los fondos en un mes: el segundo escenario, bien canalizado, da lugar a soluciones creativas que a los primeros se les escaparán. He aquí un buen uso del estrés para el segundo... y un guiño narcótico de la sensual pereza en los primeros.
  • Una opción interesante para diluir esa pereza es autoforzarse una premura (autogenerarse estrés... pero a nuestro favor), sea con:
  1. Una disciplina prusiana, o
  2. Tomando decisiones drásticas, por ejemplo: cerrando nuestro propio acceso a nuestra cuenta bancaria hasta 2016; regalando todo el dinero para forzarnos a re-pensar en lugar de solazarnos en nuestro algodón financiero (no serían los primeros, esto ya lo hizo Wittgenstein); creándonos una suerte de autocastigo por el que se donará, en caso de holgazanería, una cuantía 'a lo multa' para aquel grupo político, religioso o equipo de fútbol al que nunca nos adscribiríamos; o removiendo ¡a propósito! una de las bases que hoy nos hacen sentir cómodos: cambiando de ciudad, país, de oficio, de relaciones, de hábitos... y que nos fuercen, porque no queda otra, a reinventarnos. (O cómo boicotear nuestra propia zona de comodidad). 
Todo esto requiere coraje, estar hecho de una pasta especial: la del que emprende su vida con ambición, con un marco mental centrado en, sí, una abundancia ilimitada... pero con el ingenio que solamente puede proceder de la percepción de escasez.

Apetece el reto.

viernes, 19 de octubre de 2012

Entrevista en RNE, Coaching para Emprender

Hoy viernes 19 de octubre, a las 16:00 hora peninsular española, entrevista conmigo acerca del uso del Coaching para Emprender, conducida por el escritor Juan Patricio Lombera.

En Radio Nacional de España (programa 'Sexto Continente').

Se puede oir también en directo por Internet, aquí.

Nos oímos! ;)

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ACTUALIZACIÓN: para escuchar la entrevista completa, aquí (minutos 02:20-17:30).
INTRO DEL PROGRAMA: En una ocasión hablamos en Sexto Continente de un libro de coaching y nos hicieron una demostración en directo; resultó tan exitosa que hemos decidido repetir. En esta ocasión lo hacemos con el escritor Gregory Cajina, que nos habla de su libro Despide a tu jefe y nos hace una pequeña demostración de coaching.

miércoles, 3 de octubre de 2012

jueves, 27 de septiembre de 2012

Videoblog - ¿Quién dijo 'miedo'? : 10 maneras de domarlo

Nuevo vídeo (13').

:: Miedo útil :: ¿Eliminar el miedo o domarlo? :: Reducción de Riesgo :: Auto-certeza :: Aprendizaje y Vulnerabilidad :: Dar el Paso :: 10 maneras de utilizar el miedo a nuestro favor: nuestro bien-estar y el de nuestra tribu.


sábado, 15 de septiembre de 2012

Correlación vs. Causalidad


Nos encanta tener razón: tendemos a buscar confirmar, más que a cuestionar, lo que previamente hemos pre-visto.

Solamente queremos corroborar.

En lugar de 'experimentar' con nuestro entorno para cerciorarnos acerca de lo que funciona y lo que no, habitualmente encontramos las evidencias que reafirman que nuestra hipótesis estaba correcta desde el principio.

¿Ves? Ya lo decía yo.

Donde uno aprende a conducir determina su predisposición a prestar o no cierto tipo de atención a las vías de circulación: hace unos años en el Reino Unido tuvieron que hacer una campaña específica de concienciación a los conductores ante el alarmante incremento de accidentes con ciclistas. Es lo esperable: el boom en el número de individuos sobre bicicletas no fue seguido a la par por un incremento en la atención de los conductores ante ese nuevo tipo de vehículo – habituados como estaban a buscar (y encontrar) coches, camiones y motos con los que evitar una colisión, los nuevos ciclistas desaparecían de su campo de atención.

Le juro señor agente que no lo vi.

¿Problemas de visión, quizás? En absoluto. Es uno de esos, nuestros pequeños defectos, por el que la mente humana únicamente puede prestar atención a una sola cosa a la vez de manera efectiva: sumerjámonos en la multitarea, y nuestros recursos atentivos se diluirán. No, no podemos hacer el amor e intentar recordar simultáneamente si hemos incluido pasta de dientes en la lista de la compra. La mente prioriza así sus limitados recursos de atención: pues no, no queda más pasta - y ahora a ver cómo salgo yo de ésta.

La percepción, además, es brutalmente subjetiva ante la misma realidad, los mismos eventos. Mientras la lluvia es bendecida por el agricultor, el turista escandinavo en el Caribe en sus únicas vacaciones anuales quizás la recibe como el castigo de alguna divinidad kármica. O en un plano más inmoral, las guerras en Iraq fueron simultáneamente un absoluto éxito (para los fabricantes de aviones de combate) y una tragedia (para muchos, sea para incontables familias o sea para el Ministro de Educación del país). Los libros de Historia (también los que nos inventamos para nuestra propia vida) siempre los escribe el vencedor, es decir, el contendiente que menos vidas humanas pierde: en todo conflicto humano gana (?) el que pierde mucho vs. el que lo pierde todo. 

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Es peligroso confundir correlación con causalidad: suponer que algo sucede por una serie de razones que influyen en el evento no quiere decir que aquel cause indudablemente este otro evento posterior. Las inferencias que hacemos al respecto pueden llevarnos, como a menudo lo hacen, a tomar la decisión errónea: los sistemas en los que nos movemos (personas, deseos, anhelos, miedos, recursos, ambiciones, azar) son tan, tan complejos que nuestra mente simplifica las variables, coteja lo que percibe con lo que hay en el disco duro del cerebro (lo aprendido), lo colorea con lo deseable, y finalmente decide en un modo que nos gusta pensar que es racional pero que, en muchos casos, parecería sencillamente un ritual de auto-pacificación (soy inteligente) que da un resultado parejo al de lanzar una moneda al aire. Es decir: ... y que sea lo que Dios quiera. Somos muy inteligentes, cierto. Pero tendemos a pensar que somos omniinteligentes: a menudo creemos poder controlar lo que es, sencillamente, ingobernable.

Un ejemplo de este tipo de confusión correlación-causalidad lo hayamos en la Medicina. Un pediatra español, arropado por un bestseller, argumenta que a los bebés hay que dejarles llorar durante varias noches seguidas para que se habitúen a dormir solos, sin compañía humana. A un bebé. Repito: un bebé. Un individuo con un cerebro más cercano al reptiliano (supervivencia) que el que nos define (a veces, al menos) como adultos y que le permite leer lo que lee ahora o concluir que, en efecto, lo de la pasta de dientes no puede esperar más. Es como intentar explicarle a su iguana que no debe comer hasta que la manecilla pequeña apunte a las cinco y la grande al doce. Estéril. Por lista que sea la iguana.

¿Acaso la razón de ese médico viene dada por los miles de compradores de sus libros (muy seguramente padres primerizos, trabajadores ambos, ojerizos, insomnes, que de repente se dan cuenta, ya es tarde, que después del verbo tener, viene el de criar un hijo) que quieren que el método funcione?

Pero vayamos al caso contrario: en Estados Unidos, otro pediatra, esta vez arropado por millones de lectores, dice exactamente lo contrario: si su bebé llora, atiéndalo: muchas de las veces simplemente quieren ser acogidos, arropados, tomados en brazos. No solo de leche vive el bebé. Vaya, pensaron algunos, ahora resulta que no solo el gato necesita que le acaricien.

Ambos pediatras. Ambos con prestigio. Ambos bestsellers. Ambos refrendados por miles de testimonios de padres satisfechos.

¿Quién entonces está en lo cierto? ¿El español o el estadounidense? Miles de padres sufren cada noche torturando innecesariamente a su bebé mientras le oyen dejarse los pulmones llorando, clamando por su atención, mientras otros miles de padres dejan de dormir cada noche acercándose a la cuna cada vez que el pequeño emite un sonido en sueños.

De nuevo, ¿correlación o causa?: los padres que necesitan dormir hallan el primer enfoque magnífico. Ahora bien ¿el niño ha dejado de llorar porque: a) ha sido 'educado' (quién sabe, hay iguanas inteligentísimas), o porque b) en su emocionalidad ha aprendido que no merece ser atendido? Quizás el primer grupo de padres corrobore lo que querían creer en primer lugar: este método ha vendido miles de ejemplares – quiero dormir – quiero que funcione – lo hago funcionar como sea (a expensas de terceros indefensos sin voz ni voto) – yo gano – rentabilizo mi ganancia presumiendo en el parque de ser el único padre primerizo que duerme seis horas de un tirón.

Mientras, por su parte, los padres que siguen el segundo método harán lo mismo que ha hecho que nuestra especie haya sobrevivido hasta hoy: dejarse llevar por la intuición en el cuidado de los pequeños... y de paso dejando de lado los ungüentos crecepelo de algunos médicos. Experimenten si lo desean con gaseosa; no con mi hijo.

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En las grandes empresas, de nuevo, se simplifica demasiado el sistema (mercado, clientes, competidores) en el que transita: si la firma crece, el Presidente se queda; de lo contrario, sencillo, se cambia al directivo. ¿Acaso no es esa la decisión más fácil? ¿Las directrices del ejecutivo, entonces, son causa de la caída de ventas; ejercen una correlación sobre la facturación; o quizás es el resto del comité directivo quien infiere que debe ser sustituido por razones meramente políticas que nada tienen que ver con el mercado? (Un ejemplo similar lo hallamos en los entrenadores deportivos: como si el mister de waterpolo fuera capaz de decidir meter goles desde el banquillo sin ponerse siquiera el bañador).

¿Hasta qué punto la toma de decisiones de un máximo dirigente es tan determinante en el éxito o fracaso de una organización cuando es la base de la pirámide quien, en muchos casos, ignorando esas decisiones de sus superiores, consigue hacer florecer el negocio?

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La moraleja de estas historias es multifaceta:
  • Aun cuando concluimos que el mundo es complejo, nos quedamos todavía muy cortos en esa valoración. Sobresimplificación en estado puro.
  • Nuestra percepción sesga lo que queremos encontrar en nuestro entorno: nos sentimos incómodos con la indefinición. Preferimos una explicación errónea o incompleta a ninguna explicación. Qué mejor que corroborar que nuestra realidad se amolda a lo que creemos que debe ser... y no al revés.
  • Quizás sea una cuestión de humildad reconocer que solamente tenemos control absoluto sobre dos cosas: lo que decimos y lo que hacemos. Y una cuestión de confiar en que el resultado de esas dos acciones nos acerquen a lo que deseamos.

Y, finalmente, que la iguana seguirá comiendo cuando le venga en gana. 

Y sí, que cuanto antes compre esa pasta de dientes, mejor atención podrá poner a esas otras actividades más lúdicas.

O no.