lunes, 29 de octubre de 2007

'Esta es MI empresa'

Un buen amigo colgó hace tres años su corbata de banquero y cambió su vida por un ordenador portátil, dos amigos, un piso prestado, muchas ilusiones y una sola ambición: diseñar las mejores páginas webs, con la mejor profesionalidad y al mejor precio.

¿Las motivaciones? Las que son cada vez más frecuentes encontrar, y que son tan especiales y únicas para cada uno de nosotros: ‘ser mi jefe’, ‘controlar mi tiempo’, ‘crecer ilimitadamente’, ‘dar un buen servicio’, etc.

El primer año apenas cubrieron costes.

El segundo año facturaron lo suficiente como para poder reinvertir en equipos nuevos.

Este tercer año recibieron su primera oferta de adquisición de su empresa, visto su crecimiento, competitividad y, cómo no, su cartera de clientes.

Esto fue antes de verano. Después de verano, en dos meses, han conseguido facturar más que lo de los 24 meses anteriores. Recalculando el valor de la empresa, se dieron cuenta de que la potencial empresa compradora ya no podía permitirse la adquisición.

Si seguimos así’, me dice uno de los tres socios, ‘vamos a tener que contratar a más gente y buscar oficinas más grandes el año que viene’.

Se equivocó: tienen que hacerlo… pero de inmediato porque ya no dan abasto con sus instalaciones actuales.

No les preocupa el dinero, cuánto facturan, cuánto será su ‘nómina’ mensual. Tan solo el que sus diseños sean impecables. Que el cliente vuelva. Que hable bien de ellos.

Que se preparen los grandes, porque además, como ellos dicen: ‘no nos da la gana vender’.

Anita Roddick (la recientemente fallecida fundadora de The Body Shop) dijo una vez que ‘si crees que eres demasiado pequeño para marcar una diferencia, prueba a irte a dormir con un mosquito en la habitación’.

Algunas grandes ya están oyendo los zumbidos.

jueves, 11 de octubre de 2007

¿Master o no Master?

He aquí la cuestión.

Mientras trabajaba para un jefe, tuve la oportunidad de entrevistar a docenas y docenas de personas con excelentes CVs y Masters que, hace veinte años, hubieran dejado con la boca abierta al más pintado.

Hoy, sin embargo, es sorprendente la ingente cantidad de personas que entran a estudiar un master para a) conseguir un trabajo y/o b) subir su salario a la escala de mileurista. Malos retornos para una inversión que supone miles de euros en matrículas, materiales, etc.

He recibido varios emails de personas que, tras leer el libro, se están replanteando si estudiar o no un postgrado, sobre todo en una Escuela de Negocios. (Por cierto, un buen amigo, exdirector de Recursos Humanos e integrante de una Escuela de Negocios, me dice que, en muchísimos casos, la impartición de esos masters son, más bien, un ‘Negocio para la Escuela’, o una ‘Escuela de (sus) Negocios’).

Es patente que en nuestra civilización y siglo, formarse, educarse, entrenarse de manera permanente es absolutamente crítico – no solo por los aspectos profesionales / financieros, sino como pilar del desarrollo máximo del potencial individual al que todos aspiramos.

Sin embargo, la ruta no debe ser siempre: carrera -> postgrado (master) -> trabajo.

¿Y por qué no?

Porque tenemos tal saturación de masters (y universitarios, algunos excepcionales) en el mercado laboral que, por pura Ley de la Demanda y la Oferta, hunde los precios (salarios) con los que ‘comprar’ ese talento.

Muchas de aquellas personas que me escribieron para solicitar una opinión adicional que añadir a su proceso de decisión, se dieron cuenta de que antes de preguntarse ‘¿qué master estudiar?’, es necesario preguntarse lo siguiente:

¿Cuáles son mis objetivos personales en los próximos 3-5 años? Sí, suena muy sobada esta pregunta, ciertamente. Pero me apuesto contigo una cena a que aún no lo has hecho.

Prueba a dedicarte unos instantes a considerarlo: comprobarás lo poderosísimos que son los resultados de invertir tiempo en canalizar tus esfuerzos del día a día, para corregir lo corregible y para celebrar lo celebrable – que es mucho. (Por cierto, hace unos días vi en un colegio un póster dirigido a niños de 5 años en el que había escrito algo así: ‘Shhhhh, dedica todos los días unos minutos de silencio para pensar’. ¡Por fin!: alguien se dedica a enseñar a los niños a reflexionar y estar consigo mismos en vez de reventarles la agenda de actividades de 8:00 a 20:00 cada día).

¿Cuáles son mis objetivos profesionales? Ojo, no los financieros – no los confundamos. Es cierto que tu profesión te puede servir para colmar tus necesidades financieras. Pero si no lo hace, descuida: es normal (digo ‘normal’, no ‘aceptable’), porque así nos llega desde pequeñitos el mensaje: 'estudia esa carrera con salida para encontrar trabajo, que el dinero llegará solo'.

'Sí, sí; claro, claro'.

En mi caso, hasta hace unos meses, trabajaba solo porque quería cuando quería, y en lo que quería y me gustaba. Sin embargo, y en honor a esos profesores que tuve en el colegio, he de darles la razón: trabajar es necesario para la salud mental y emocional. Así que me puse de nuevo en movimiento para llevar adelante algunos proyectos que siempre quise hacer (sí: el Seminario es uno de ellos). Por tanto, mi recomendación es: haz lo que puedas para forrarte, pues es la mejor y única manera de ser realmente ‘libres’ (siendo la ‘libertad’ la capacidad de hacer con tu tiempo lo que te venga en gana), pero nunca dejes de trabajar – especialmente para beneficiar a otros. La satisfacción que percibirás valdrá mucho más que la suma de todo el dinero que puedas imaginar. Y eso, como me dijo un chaval hace unos meses en una charla en una universidad, ‘mola’. Sobre todo al irte cada noche a dormir.

¿Cuáles son mis objetivos financieros? Sorpresa, hay estudiantes que salen de un master prestigioso con -100.000 euros/dólares en su bolsillo, ya que deben devolvérselos al banco que se los prestó para ir a estudiar. Y no todos ellos están precisamente contentos con una situación por la que tienen que encontrar un buen trabajo para quitarse de en medio la deuda y, solo entonces, comenzar a crear su propio patrimonio en números negros.

Una de las personas que más me inspiró en su momento para comenzar a invertir me lo dijo muy claro: ‘lo difícil es hacer los primeros 100.000; pero una vez que los tengas, los puedes convertir en un millón’. Pues sí. Qué razón tenía.

Si tuvieras 100.000 euros, entonces, ¿los emplearías en un master? ¿o los invertirías para convertirlos en un millón?

¿Cuál es la mejor respuesta?

Está claro:

La tuya.
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Solo cuando tengas esas tres cosas claras (objetivos personales, profesionales y financieros) decidirás con mayor claridad:

¿Master o no Master?

domingo, 23 de septiembre de 2007

Lidera. Decide. Crece.

Durante años he estado mamando las eternas discusiones acerca de si el líder nace o se hace. La respuesta (‘mi’ respuesta, la que me funciona para mi propia explicación del mundo) es que hay líderes que ‘nacen’ y otros que se ‘hacen’ si, cuando hablamos de ‘liderazgo’ nos referimos a ese tipo que se pone delante de un grupo de gente y los anima, empuja, motiva a que esa gente llegue a conseguir un objetivo común (sea este constructivo o destructivo).

Sin embargo, hay otro tipo de liderazgo, muchísimo más importante y relevante, y que tendemos a obviar:

El liderazgo de nosotros mismos. De nuestra vida. De nuestras decisiones. De las responsabilidades sobre las consecuencias de esas decisiones. De la iniciativa por corregir lo que no funciona. De la humildad de apreciar aquello que funciona. Del coraje de decidir, incluso, aquellas decisiones que sabemos van a ser duras para nosotros o poco populares para la gente que nos rodea pero que, sin embargo, sabemos dentro de nuestro pecho que ‘es lo que se debe hacer’.

Y ese tipo de liderazgo, siempre, se ‘hace’ a partir de la construcción de experiencias y reflexiones de nuestro día a día. Ninguno nacemos haciéndonos cargo de nuestra vida, sino que lo aprendemos a raíz de nuestras vivencias acumuladas… y, sobre todo, de lo que hacemos con esas vivencias.

Entre mis clientes es frecuente la frase ‘no tengo tiempo para terminar lo que tengo que hacer’. Por no mencionar el tiempo que todos hemos de encontrar para reflexionar acerca de la marcha de la propia vida, media hora cada día por lo menos. Yo les animo a que ‘encuentren el tiempo, como sea, para hacer lo que es, realmente importante’. Sobre todo antes de que sigan pasando las estaciones del año tan fugazmente que, cuando nos queramos dar cuenta, habremos consumido el 30%, 50%, 80% de nuestro tiempo en el planeta.

Zip. Así de rápido pasa.

La mayor parte de los cursillos de ‘Gestión del Tiempo’ son maravillosos constructos teóricos pero en muchos casos inaplicables por la misma naturaleza de la vida esta que vivimos: esto es, que es impredecible y que, cada día, nos tira delante de las ruedas situaciones, problemas, decisiones que hemos de acometer con valor…

… particularmente antes de que ‘la Vida’ (comoquiera que la entiendas), decida por ti por no haber actuado por pereza (‘ya decidiré en otro momento’), miedo (‘¿y si me equivoco?’) o por autoengañarnos con visiones ficticias de la realidad (‘sí, veo el tren viniendo hacia mí, qué grande es, pero seguro que se parará antes de llevarme por delante’).

No recuerdo donde leí (¿o tal vez era una película?) que una persona se da cuenta de que ha dejado la infancia y ha comenzado a ser adulta cuando se encuentra con un montón de problemas sobre los que él debe hacer algo… atrás quedaron padres, tutores, profesores, maestros que los resolvieran por nosotros. Es entonces cuando, sí: dependemos de nosotros.

Bienvenidos a la edad adulta.

Algunas veces, esos problemas son menores, por lo que las decisiones no tienen dificultad en ser ejecutadas. Pero otras son tan grandes (o son grandes gracias a nuestra certeza de que el cielo caerá sobre nuestras cabezas – Abraracurcix dixit), que, a pesar del análisis que hagamos (si lo hacemos) o de nuestra experiencia, tememos las consecuencias como si, sean las que sean, fueran a ser desastrosas.

Un día, un discípulo de Sócrates le preguntó: ‘Maestro, me encuentro ante dos decisiones, y no sé cuál he de adoptar.’ Sócrates respondió: ‘no sé cuál has de tomar; pero sí te puedo decir que, sea la que sea la opción que decidas, en un tiempo te preguntarás por qué no decidiste la otra opción’. Naturaleza humana: queremos lo que no tenemos.

Pero sí: es importante querer, también, lo que tenemos. Apreciarlo. Agradecer que lo tenemos. Cuidarlo. Protegerlo. Compartirlo.

Churchill decía que, en la vida, el 90% de las cosas de las que nos preocupamos nunca suceden.

¿Sucede así en tu vida?

¿Tienes alguna decisión de relevancia pendiente y no encuentras el tiempo para reflexionar acerca de ella?

Encuentra ese tiempo si, de veras, esa decisión es importante para ti. Si no, alguien, de algún modo, la decidirá por ti. Y, muy posiblemente, será una decisión que a ti no te guste.

Pero luego no habrá nadie alrededor a quien responsabilizar por las consecuencias.

Sí: somos adultos. Menos mal. Eso de que decidan por nosotros no lo llevamos muy bien.

La concepción de ‘éxito’ y ‘fracaso’ por esas decisiones es subjetivo, personal. Y la vida viene aderezada por ambos. Aceptémoslo tal cual. Total: antes o después, tendremos de ambos.

Si disfrutas de un ‘éxito’, valóralo, date una palmada en la espalda, compártelo.

Si te enfrentas a un ‘fracaso’ (comoquiera que tú lo definas) tienes dos opciones: lamentarte y no hacer nada…

O actuar.

Levántate, pues, una vez más de las veces que te hayas caído en esos ‘fracasos’. Porque, de pie, serás más fuerte, tendrás más sabiduría, más experiencia.

Y nuestro mundo necesita este tipo de personas.

jueves, 30 de agosto de 2007

Seminario DEaM

Gracias a todos los que habéis escrito mostrando vuestro interés en el curso que os comentábamos hace unos posts (¿Realmente quieres dejar de trabajar?).

Pues sí: lo lanzamos y lo estamos ultimando (verano intenso está siendo...) Dado el diverso origen geográfico de los interesados, y creo que para ganar en comodidad, lo vamos a condensar en una tarde de viernes y un sábado completo.

Os contactaremos individualmente para informaros del programa definitivo en fechas breves. Y, por supuesto, si lees este post y quieres saber más, mándanos un email y te mandaremos igualmente la información actualizada.

jueves, 9 de agosto de 2007

Camino de Santiago

Ciertamente, hacía unas semanas que no entraba en el blog, pues he estado de ‘semiretiro’ para viajar, pensar y reflexionar. Algo que, de veras, necesitaba.

Una de las cosas que vengo de hacer es el Camino de Santiago. No estoy adscrito a ninguna religión en particular así que algunas de mis amistades me inquirían ‘por qué’ cuando la gente tiende en estas fechas a escoger, en general, alternativas menos ‘sufridas’ yo optaba por machacarme a caminar, cargar con una mochila que siempre parecía endiabladamente pesada, amanecer antes que el sol, dormir en albergues muy sencillos y modestos, comer de bocadillos, empaparme en barro, lluvia o en mi propio sudor, lavarme la ropa en un fregadero, ducharme con ese mismo jabón de lavar la ropa (todo peso adicional – champú, gel… os aseguro que empieza a pesar después del primer día), curarme ampollas king-size en los pies, cojear docenas de kilómetros por tener una rodilla hecha harina…

Lo admito: no sabía por qué quería hacerlo.

Solo tenía claro que debía hacerlo.
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Empezaré por el final. Como dije, no soy religioso, pero he de reconocer que me emocioné, y mucho, cuando el sacerdote que oficiaba la Misa del Peregrino hace unos días tuvo la distinción de mencionarnos a todos y a cada uno de los peregrinos/caminantes que llegamos esa mañana. Nos agradeció nuestra presencia. Nos dio la bienvenida a Santiago. Nos habló en los idiomas de todas las nacionalidades presentes allí. Y esto en la mismísima Catedral, nada menos. Eso es estilo.

En mi primer día de marcha, admito, pensé que ‘vaya tontería esto de hacer el Camino. No es para tanto. Mucho marketing hay aquí detrás’ (los anuncios en televisión me parecieron muy agradables de ver y bien confeccionados. Convincentes, en suma). A mí me gusta hacer marchas por la montaña y, ni estaba impresionado por el camino, ni por las vistas, ni por la aparente ‘trascendencia’ asociada a siglos de caminantes que habían pasado por ahí antes que yo, ni por nada. Llegué tras unas horas a mi destino a paso ligero y pensé para mí que esto iba a ser una pérdida de tiempo mayúscula. Y así amanecí al día siguiente a las 4:00 de la mañana para evitar las horas de sol y terminar lo antes posible con el trámite de la jornada: 24 km. de nada.

Y cuando llevaba una hora de camino esa mañana lluviosa, me rompí. La rodilla derecha, sencillamente, decidió dejar de funcionar. No sé muy bien qué pasó; si pisé mal, si se sobrecargó, o si no calenté adecuadamente antes de iniciar el trayecto. Es indiferente. Lo único claro es que allí estaba, aún de noche en mitad de la absoluta nada, a kilómetros de cualquier presencia humana, sin más luz que la de una linterna que llevaba ni más sonido que el de mi respiración, con una rodilla que se negaba a flexionarse y un dolor como si me estuvieran taladrando el hueso a martillazos.

Mi mente, como todas, planteó opciones. Sentarme. Lamentarme. Enfadarme. O ser prácticos: esto lo hemos empezado y lo vamos a acabar. Como sea.

Y así transcurrieron el resto de los días hasta esa llegada a Santiago.

Fue duro (sin un bastón de marcha que me hacía de muleta creo que hubiera llegado reptando…), pero extremadamente valioso. Hubo momentos de gran soledad (lo que andaba buscando), y momentos en los que charlaba con otros caminantes de todas condiciones, orígenes, nacionalidades. Gente que cruza tu camino, te adelanta o la adelantas, caminas unos kilómetros y no la vuelves a ver en la vida… ni siquiera sabes sus nombres en muchos casos, pero todos dejan una impronta, una idea, una frase casual, una broma, una preocupación, un sueño…

… Y un deseo:

Lo que todos, absolutamente todos, nos deseábamos en esos momentos fugaces, a pesar de ampollas, articulaciones maltrechas, lluvias, fatigas, era un deseo que siempre se transmitía con la mayor sinceridad.

El mismo deseo que quiero compartir con vosotros que estáis buscando, persiguiendo vuestros propios éxitos, como quiera que los hayáis concebido para vuestra vida: éxito financiero, profesional, personal…

Habrá momentos duros y no tanto, pero el destino se traza en cada fracción de segundo en el que decides, crees, actúas, te mueves en pos de aquello que, para ti, es importante. Al igual que comprendí entonces, cada paso en ese camino es como cada paso en la vida. 800 kilómetros son, ciertamente, muchos pasos. Pero no hay prisa. Pero tampoco hay piedad para con aquellas vocecitas que nos dicen en la cabeza más de una vez: ‘coge un autobús’ (busca la vía rápida, evita trabajar duro para conseguir lo que quieres), ‘abandona: esto es muy difícil’, ‘ya lo intentarás en otra ocasión’, ‘no vas a llegar’, ‘esto es para otros (más/menos listos, altos, guapos...)’, ‘es demasiado pronto’, ‘es demasiado tarde’, ‘no es el momento’…

En mitad de uno de los momentos en los que no podía caminar más por el dolor y estaba a punto de abandonar, leí detrás de una señal de tráfico un mensaje que alguien anónimo dejó escrito en rotulador para otras personas anónimas – un mensaje que sentí como si llevara allí años esperando para ese preciso instante.

Una frase que, desde ese momento, va conmigo y que quiero compartir con vosotros.

Ese mensaje es:

(A lo que quiera que aspires en esta vida): ‘PUEDES y DEBES llegar’.

Buen Camino.

DEaM en Training & Development