sábado, 15 de septiembre de 2012

Correlación vs. Causalidad


Nos encanta tener razón: tendemos a buscar confirmar, más que a cuestionar, lo que previamente hemos pre-visto.

Solamente queremos corroborar.

En lugar de 'experimentar' con nuestro entorno para cerciorarnos acerca de lo que funciona y lo que no, habitualmente encontramos las evidencias que reafirman que nuestra hipótesis estaba correcta desde el principio.

¿Ves? Ya lo decía yo.

Donde uno aprende a conducir determina su predisposición a prestar o no cierto tipo de atención a las vías de circulación: hace unos años en el Reino Unido tuvieron que hacer una campaña específica de concienciación a los conductores ante el alarmante incremento de accidentes con ciclistas. Es lo esperable: el boom en el número de individuos sobre bicicletas no fue seguido a la par por un incremento en la atención de los conductores ante ese nuevo tipo de vehículo – habituados como estaban a buscar (y encontrar) coches, camiones y motos con los que evitar una colisión, los nuevos ciclistas desaparecían de su campo de atención.

Le juro señor agente que no lo vi.

¿Problemas de visión, quizás? En absoluto. Es uno de esos, nuestros pequeños defectos, por el que la mente humana únicamente puede prestar atención a una sola cosa a la vez de manera efectiva: sumerjámonos en la multitarea, y nuestros recursos atentivos se diluirán. No, no podemos hacer el amor e intentar recordar simultáneamente si hemos incluido pasta de dientes en la lista de la compra. La mente prioriza así sus limitados recursos de atención: pues no, no queda más pasta - y ahora a ver cómo salgo yo de ésta.

La percepción, además, es brutalmente subjetiva ante la misma realidad, los mismos eventos. Mientras la lluvia es bendecida por el agricultor, el turista escandinavo en el Caribe en sus únicas vacaciones anuales quizás la recibe como el castigo de alguna divinidad kármica. O en un plano más inmoral, las guerras en Iraq fueron simultáneamente un absoluto éxito (para los fabricantes de aviones de combate) y una tragedia (para muchos, sea para incontables familias o sea para el Ministro de Educación del país). Los libros de Historia (también los que nos inventamos para nuestra propia vida) siempre los escribe el vencedor, es decir, el contendiente que menos vidas humanas pierde: en todo conflicto humano gana (?) el que pierde mucho vs. el que lo pierde todo. 

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Es peligroso confundir correlación con causalidad: suponer que algo sucede por una serie de razones que influyen en el evento no quiere decir que aquel cause indudablemente este otro evento posterior. Las inferencias que hacemos al respecto pueden llevarnos, como a menudo lo hacen, a tomar la decisión errónea: los sistemas en los que nos movemos (personas, deseos, anhelos, miedos, recursos, ambiciones, azar) son tan, tan complejos que nuestra mente simplifica las variables, coteja lo que percibe con lo que hay en el disco duro del cerebro (lo aprendido), lo colorea con lo deseable, y finalmente decide en un modo que nos gusta pensar que es racional pero que, en muchos casos, parecería sencillamente un ritual de auto-pacificación (soy inteligente) que da un resultado parejo al de lanzar una moneda al aire. Es decir: ... y que sea lo que Dios quiera. Somos muy inteligentes, cierto. Pero tendemos a pensar que somos omniinteligentes: a menudo creemos poder controlar lo que es, sencillamente, ingobernable.

Un ejemplo de este tipo de confusión correlación-causalidad lo hayamos en la Medicina. Un pediatra español, arropado por un bestseller, argumenta que a los bebés hay que dejarles llorar durante varias noches seguidas para que se habitúen a dormir solos, sin compañía humana. A un bebé. Repito: un bebé. Un individuo con un cerebro más cercano al reptiliano (supervivencia) que el que nos define (a veces, al menos) como adultos y que le permite leer lo que lee ahora o concluir que, en efecto, lo de la pasta de dientes no puede esperar más. Es como intentar explicarle a su iguana que no debe comer hasta que la manecilla pequeña apunte a las cinco y la grande al doce. Estéril. Por lista que sea la iguana.

¿Acaso la razón de ese médico viene dada por los miles de compradores de sus libros (muy seguramente padres primerizos, trabajadores ambos, ojerizos, insomnes, que de repente se dan cuenta, ya es tarde, que después del verbo tener, viene el de criar un hijo) que quieren que el método funcione?

Pero vayamos al caso contrario: en Estados Unidos, otro pediatra, esta vez arropado por millones de lectores, dice exactamente lo contrario: si su bebé llora, atiéndalo: muchas de las veces simplemente quieren ser acogidos, arropados, tomados en brazos. No solo de leche vive el bebé. Vaya, pensaron algunos, ahora resulta que no solo el gato necesita que le acaricien.

Ambos pediatras. Ambos con prestigio. Ambos bestsellers. Ambos refrendados por miles de testimonios de padres satisfechos.

¿Quién entonces está en lo cierto? ¿El español o el estadounidense? Miles de padres sufren cada noche torturando innecesariamente a su bebé mientras le oyen dejarse los pulmones llorando, clamando por su atención, mientras otros miles de padres dejan de dormir cada noche acercándose a la cuna cada vez que el pequeño emite un sonido en sueños.

De nuevo, ¿correlación o causa?: los padres que necesitan dormir hallan el primer enfoque magnífico. Ahora bien ¿el niño ha dejado de llorar porque: a) ha sido 'educado' (quién sabe, hay iguanas inteligentísimas), o porque b) en su emocionalidad ha aprendido que no merece ser atendido? Quizás el primer grupo de padres corrobore lo que querían creer en primer lugar: este método ha vendido miles de ejemplares – quiero dormir – quiero que funcione – lo hago funcionar como sea (a expensas de terceros indefensos sin voz ni voto) – yo gano – rentabilizo mi ganancia presumiendo en el parque de ser el único padre primerizo que duerme seis horas de un tirón.

Mientras, por su parte, los padres que siguen el segundo método harán lo mismo que ha hecho que nuestra especie haya sobrevivido hasta hoy: dejarse llevar por la intuición en el cuidado de los pequeños... y de paso dejando de lado los ungüentos crecepelo de algunos médicos. Experimenten si lo desean con gaseosa; no con mi hijo.

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En las grandes empresas, de nuevo, se simplifica demasiado el sistema (mercado, clientes, competidores) en el que transita: si la firma crece, el Presidente se queda; de lo contrario, sencillo, se cambia al directivo. ¿Acaso no es esa la decisión más fácil? ¿Las directrices del ejecutivo, entonces, son causa de la caída de ventas; ejercen una correlación sobre la facturación; o quizás es el resto del comité directivo quien infiere que debe ser sustituido por razones meramente políticas que nada tienen que ver con el mercado? (Un ejemplo similar lo hallamos en los entrenadores deportivos: como si el mister de waterpolo fuera capaz de decidir meter goles desde el banquillo sin ponerse siquiera el bañador).

¿Hasta qué punto la toma de decisiones de un máximo dirigente es tan determinante en el éxito o fracaso de una organización cuando es la base de la pirámide quien, en muchos casos, ignorando esas decisiones de sus superiores, consigue hacer florecer el negocio?

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La moraleja de estas historias es multifaceta:
  • Aun cuando concluimos que el mundo es complejo, nos quedamos todavía muy cortos en esa valoración. Sobresimplificación en estado puro.
  • Nuestra percepción sesga lo que queremos encontrar en nuestro entorno: nos sentimos incómodos con la indefinición. Preferimos una explicación errónea o incompleta a ninguna explicación. Qué mejor que corroborar que nuestra realidad se amolda a lo que creemos que debe ser... y no al revés.
  • Quizás sea una cuestión de humildad reconocer que solamente tenemos control absoluto sobre dos cosas: lo que decimos y lo que hacemos. Y una cuestión de confiar en que el resultado de esas dos acciones nos acerquen a lo que deseamos.

Y, finalmente, que la iguana seguirá comiendo cuando le venga en gana. 

Y sí, que cuanto antes compre esa pasta de dientes, mejor atención podrá poner a esas otras actividades más lúdicas.

O no.