martes, 11 de agosto de 2015

¿Justo?

No es justo.
Y no, la verdad es que no lo es.
Todos nacemos con ciertas dosis de suerte. Mucha, poca, abrumadora, escasa.
Todos nacemos, sin haber hecho nada a favor o en contra, en algún lugar, contexto, familia, circunstancia económica, y rodeados de unos primeros cuidadores que muy posiblemente no tuvieran mucha idea –no hay un acuerdo universal acerca de qué es ser ‘buen padre’- que determinaron el carácter, conjunto de creencias, elementos que temer y cuáles valorar que, unidos a nuestro paquete genético, nos predispusieron a un destino razonablemente predecible: si nuestros padres invirtieron dinero en nuestra educación (sobre todo fuera de una escuela), si nuestros cuidadores invirtieron en exponernos desde chavales a experiencias y vivencias novedosas, nuestro desarrollo habrá ido por un sendero muy dispar que el de aquellos cuyos padres se decantaron más por un ‘que crezca solo’ (irrelevante que fuera por convicción, pereza o limitación de recursos).
Sin embargo, es indiferente su pasado, o cómo o cuánto trabajen:
Algunos florecerán. Otros se hundirán.
Porque sí.
No, definitivamente, no es justo.
Hay quien triunfa –lo que quiera que eso signifique, aunque habitualmente vendría a ser el ansiar aquello que los demás tienen y uno no- sin particular esfuerzo; y hay quien se deja una vida persiguiendo su prosperidad –bienestar, logro, éxito- pero para jamás hallarlo.
Hay varias falacias [cognitivas] en todo esto.
Una, que entre los que triunfan no hay pocos que lo achacan a su gran trabajo e inteligencia. Exclusivamente. [Sin duda habrán sido condiciones necesarias, pero nunca insuficientes: quizás Da Vinci no fuera más que un anónimo inspector fiscal si hubiera nacido en este siglo y Zuckerberg –el fundador de Facebook- se hubiera muerto de inanición por falta de trabajo en el Renacimiento].
Dos, que controlamos mucho, muchísimo más de lo que realmente podemos controlar. [En realidad solo hay dos cosas que podemos dominar en este planeta: lo que decimos y lo que hacemos… y solo parcialmente -- cada ser humano somos un producto de nuestro contexto social: con el mismo paquete genético, nuestro comportamiento –y destino- sería diferente si hubiéramos sido criados en un pueblo de pescadores en Cabo Verde o en el regazo de una estirpe de banqueros en Hong Kong].
Tres, que según lo anterior, si no tenemos éxito… es exclusivamente culpa nuestra. No hemos trabajado lo suficiente. No nos hemos movido lo suficiente. No tenemos mentalidad ganadora.
Ser un perdedor – eso sí que es un estigma.
Pero esto no es necesariamente así:
No todos nuestros sueños se han de cumplir, no.
Nos pongamos como nos pongamos.
Porque, paradójicamente, puede ser para nuestro mayor bien.
Desafortunadamente, en el abono de esa agridulce conclusión florecen las tendencias ¿filosóficas?, ¿de desarrollo humano? que nos intentan convencer de que ‘todo es posible si lo intentas’, ‘si lo puedes soñar, lo puedes hacer’, ‘si trabajas lo suficiente, lo conseguirás’. Siempre.
Lo más grandioso de esta última falacia es que, al final, hay un componente final de ‘suerte’ sobre el que tenemos que confiar: llamémoslo divinidad, karma, destino, que puede ser interpelado, adorado, invocado. Atraído. Construido. Inventado.
Pasando por caja, claro.
No podemos domar a la suerte. Miremos al atleta de élite que se rompe para siempre. Al científico clave al que le retiran la financiación. Al tendero sencillo al que asaltan su establecimiento.
¿Eso es suerte?
Quizás sí.
Los mayores talentos solo pueden desarrollarse cuando se los quiebra.
La resiliencia solo es posible tras una tragedia. Si no, solo es una bonita teoría.
El mejor pegamento solo funciona cuando el vaso ha sido astillado.
Hasta que sepas cuál es la Suerte que te corresponda, no obstante, ten Gratitud y sigue trabajando duro por tus sueños.
Esas son las dos únicas condiciones que te exigirá.
Que sea para tu mayor bien.