lunes, 9 de enero de 2012

Punto de inflexión

Alguien, en algún lugar, ahora, está teniendo una idea que va a decidir emprender.

Su idea comenzará a materializarse, a reflejarse desde el imaginario de su mente a la realidad física, con el tiempo y los ingredientes necesarios (conocimiento, equipo, motivación, acción): un prototipo nuevo de transporte ecológico, un servicio de traducción en vivo por la web, una app de vídeocomunicación gratuita a varias bandas, un software de autoedición para no informáticos.

Esa idea estará cubierta del espíritu, de la esencia, del emprendedor: será original, graciosa, para usuarios perezosos o sin tiempo, excitante, social, revolucionaria, económica, práctica, fácilmente viralizable, gratuita, osada, inquieta.

La idea prosperará y el que la inició se dará cuenta una noche que ya no puede llevarla por sí mismo: necesita crecer, crear una empresa, una organización... quien mimetizará todo lo que el emprendedor haga, diga, decida.

Pero un día, por algún motivo, hay un punto de inflexión -- un empleado adicional contratado, un cliente añadido, una filial más, una ronda de financiación nueva, que se convierte en la última hebra que termina por quebrar la espalda del camello: la idea deja de ser del emprendedor.

Deja de ser el emprendedor, para convertirse en otra cosa.

De repente, es la organización quien doblega, parasita, a la idea original.

Las decisiones ya no son ágiles, rápidas, rompiendo con alocada presciencia los mohosos moldes impuestos por otros. Ahora requerirán el beneplácito de jerarcas intermedios con más ego que galones.

Las reuniones ya no son en torno a una pizza en el garito de abajo con socios-amigos de correrías. Ahora serán manifiestos de grupos encontrados en puja por el trono del jefe o diatribas carentes de un mínimo de sentido para un chaval de secundaria con dos dedos de frente.

El usuario/cliente/comprador deja de ser el centro de todo. Ahora es la propia organización quien parece asumir vida propia para sustentarse a sí misma.

Ese es el momento que aterra a muchos emprendedores.

Quizás sea éste el punto de inflexión que separe a un emprendedor de un empresario.

El primero atraerá a más emprendedores.

Al segundo le acabarán exigiendo, ahogando, los nominoinómanos - esos adictos a la nómina a los que el proyecto original, sencillamente, les resbala.