domingo, 24 de enero de 2016

Por qué la tristeza es (muy) útil

Todos pasan por (y tienen el derecho de) estar tristes en algún momento: la melancolía, a menudo, nos otorga la perspectiva del agradecimiento - uno de los más fundamentales elementos del bien-estar humano.
La tristeza es una emoción que 'duele'. Y el cerebro humano, que no es tonto, tiende a buscar más este placer ('recompensa') que aquel dolor: paradójicamente, incluso aquellos que eligen 'ir de víctimas' se llevan el placer de la compasión y conmiseración de la gente cercana. A fin de cuentas, todo el mundo necesita ser querido - aunque las formas de reclamar ese 'amor' ('me aceptas y aprecias como soy') sean variopintas... y a veces nocivas.
Cuando la vida se vive en permanente melancolía, aparece un momento en el que uno comienza a 'estar harto de estar j*dido': es entonces cuando pueden aparecer dos emociones/decisiones derivadas: 1) la resignación ('es que la vida es así de terrible'), que es una invitación a dejarse continuar abofeteando por ella; o 2) la ira, que, bien canalizada, es el germen de toda revolución, de todo cambio - también en el interior: 'no quiero más de esto *Y* voy a hacer lo necesario para estar bien/mejor'; o sea: el origen de todo progreso vital.
Son estos segundos, los-hartos-de-estar-tristes los que comienzan entonces a tomar las riendas de su vida.
Finalmente: toda emoción 'aparece' sin avisar (dependen de incontables factores: del momento del día, nuestra edad, lo que hemos comido, balance neuroquímico...), pero nuestro cerebro volitivo (en la corteza) está capacitado para *decidir* si queremos continuar estando j*didos.
Como dicen: sentir 'dolor' no es opcional (a todos duele un golpe), pero el 'sufrimiento' ('elegir' rememorar el golpe todos los días con todo lujo de detalles') es absolutamente voluntario.
E inútil.