viernes, 19 de febrero de 2016

Deje de perder el tiempo intentando ser feliz.

Deje de perder el tiempo intentando ser feliz.
Las personas ‘felices’ solamente lo son, por temperamento, un 15% de la población.
Es decir, usted y yo, muy seguramente, seamos parte del 60% que somos moderadamente felices, o del 25% restante que tiende a la melancolía.
La peculiaridad ‘feliz’ se halla en los genes (como la del color de ojos o el número de dedos pulgares), definiendo por ‘felicidad’ sobre todo la presencia de dos características temperamentales:
- La baja resistencia (rechazo) a las vicisitudes y cambios que en su camino arroja la vida.
- La elevada capacidad de mantenerse en círculos relacionales de alta calidad y apoyo. (No, Facebook no cuenta).

En otras palabras: los más sociales y a los que más les resbalan las cosas que no les agradan son los que consistentemente son dichosos por naturaleza.
Todos conocemos a alguien así: parecería que podría ser esa permanente animadora con pompones que siempre permanece exultante aunque su equipo vaya perdiendo de treinta, le hayan subido cinco puntos el interés de su hipoteca o haya pillado a su pareja haciendo orfebrería con su mejor amiga.
Alabados sean.
Ahora bien, el resto, la inmensa mayoría del resto, no ‘nacieron’ felices. Del mismo modo que no nacieron con ojos azules, con cuerpo de pentatleta o con tentáculos. Simplemente, la Naturaleza no lo quiso.
El problema de esto hace unos tres siglos hubiera sido irrelevante. La gente –no perteneciente a las élites- ya daba por hecho que tendría que trabajar duro para comer. Que pasaría enfermedades. Que viviría desilusiones. Proyectos que triunfarían y otros que los hundirían. Parejas que vendrían, parejas que se marcharían. Alegrías y desvelos.
O sea – igual que ahora.
La diferencia es que únicamente en estos tres últimos siglos –sobre todo a partir del Romanticismo- comenzamos a considerar que la vida debía consistir en una recurrente exaltación de las emociones, de los sentidos.
La vida estaba puesta ‘para que’ fuéramos felices.
No hay desde entonces otra meta para el ser humano más que seguir el mandato de la Providencia de ser felices.
Y esta es la falacia número uno -- que más infelices al día está causando.
La número dos, más o menos también en los trescientos últimos años, viene cogida de la mano de la Revolución Industrial: mayor producción sostenida significaba mayor consumo. Mayor consumo generaba aún mayor producción. A más compras, más comodidad. A más comodidad, más seguridad. A más seguridad, más felicidad.
Bingo. El capitalismo se convirtió pues en la llave maestra de la cerradura de la felicidad.
Y esta fue –y es- la falacia número dos:
‘La felicidad se puede *comprar*.’
Así emparejados, Romanticismo y Capitalismo llevan robándonos nuestros mejores años trabajando como bestias y persiguiendo hasta la idiocia los modos de poder comprar –tener- más cosas, con las que ser –fijémonos bien: ‘ser’ – felices.
Erich Fromm ya nos alertaba de la sustitución en nuestro modelo social del ‘tener’ anteponiéndolo al ‘ser’, al constatar cómo comenzamos a acudir en masa al ritual de la compra en los templos del consumo, buscando hallar la dicha última en una transacción económica inmediata antes que en un propósito significativo vital.
¿Y qué dice la Neurociencia? En efecto: avala al señor Fromm.
El núcleo accumbens es uno de los centros del placer de nuestro cerebro, perteneciente al sistema límbico. Ahí experimentamos, obvio, ‘placer’ – cuya causa grabamos en nuestra mente para buscar repetir la experiencia: si una bola de helado de chocolate belga proporciona placer, qué no hará –en teoría- comerse el bote entero. Aplíquese la misma lógica en la bebida, el sexo, el consumo de cocaína o el ir de compras.
Y funciona, claro que funciona.
Ahora bien, recordemos: el circuito activado del cerebro es el del ‘placer’, no el del ‘bienestar’ (o, retando a la genética, el de la ‘felicidad’).
Para que este ‘bien-estar’ significativo se produzca, el placer no basta. Hace falta activar simultáneamente el lóbulo prefrontal izquierdo – o sea, donde se localiza nuestra sensación, puramente humana, de ‘Propósito’. (Sí, la aparición de la conciencia en nuestra especie trae consigo este pequeño defecto de funcionamiento: cuando durante demasiado tiempo hacemos las cosas sin un ‘para qué’ razonablemente claro, o nos encabr*namos o, peor, nos embrutecemos al empequeñecer nuestra colosal capacidad mental al subsuelo de la tarea repetitiva sin sentido. Al convertirnos en meros recursos productivos. Recursos humanos).
En suma, es muy posible que usted no haya nacido ‘feliz’ por su genética: solo el 15% de la población ha nacido así de risueña.
Pero no le eche la culpa aún a sus padres.
En su manga tiene como última carta –y la más importante- la decisión de elegir buscar las circunstancias necesarias para sentirse plenamente dichoso con su vida.
Para ello, busque que sus labores cumplan las siguientes peculiaridades el máximo posible de tiempo:
1. Que le otorguen el máximo placer a sus sentidos. Que para eso están.
2. Que tenga un sentido arrebatador - aunque no sea el que su jefe querría saber. Disimule ante él si hace falta.
3. Que le permita desarrollar un trabajo muy retador – pero tampoco demasiado. Que nos guste volar no quiere decir que debamos hacernos cosmonautas.
4. Que le permita desarrollar un trabajo con cierta maestría – pero sin que sea demasiado fácil tampoco. El estrés por una actividad subóptima es igualmente demoledora que la causada por la actividad que nos sobrepasa.
5. Que esté en el contexto social adecuado. A fin de cuentas, no hay tarea que merezca la pena sin otras personas a las que servir y aportar un valor – y que -concesión a la vanidad- aprecien lo que hacemos.

Por eso, ‘ser feliz’, en realidad no tiene ningún sentido como meta vital: si lo somos es porque la genética ya así lo quiso. Y si no lo somos, jamás lo seremos pues no podemos elegir modificar nuestros genes con tanta facilidad como quien cambia de vestimenta o se inserta bolsas de silicona a ambos lados del esternón. Por romántico que sea.
Ahora bien, ‘sentirnos bien’, tener un (muy) elevado bien-estar vital, es una meta no solo posible, sino uno de los dos mayores motivadores que tenemos en nuestra vida.
Siendo el otro, simplemente, sobrevivir.
Quizás, después de todo, solo haya entonces tres tipos de personas en el mundo:
Los que ya de por sí son dichosos, hagan lo que hagan, pase lo que pase.
Los que trabajan para diseñar su propia dicha, con un propósito, con el placer de apreciar lo bello, lo sensual; con entrega resoluta a una labor con significado y valor para sí y otros.
Y los que se limitan, tan solo, a sobrevivir -
Intentando 'ser' felices.
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