miércoles, 11 de julio de 2012

¿Se agota el Coaching?


El primer día de Economía nos cuentan algo que ya veníamos intuyendo solitos de casa, aun sin haberle puesto un nombre tan insigne: la Ley de la Oferta y la Demanda. Por ella, las premisas quedan claras: cuando existe un exceso de oferta de un servicio y una demanda reducida de ese servicio, si se quiere vender hay que disminuir el precio para poder posicionarse... incluso hasta el dumping/gratis total. (Convengo, sí, con aquellos de ustedes que arguyan que estrategias exclusivamente basadas en precio son arcaicas y lo más fácil de hacer. Sean pacientes conmigo.)
 
Admitamos que pueda ser controvertido lo que expongo a continuación. Pero en ocasiones, por rápido que traguemos, el jarabe sigue siendo amargo.
 
En la última década ha habido tal boom de escuelas de coaching, coaches, masters en coaching, ultraespecializaciones desde el coaching para ejecutivos hasta el coaching para bebés (!), tantos y tantos diciendo lo mismo que, parafraseando a un buen amigo emprendedor/empresario, podríamos ironizar que, en este país, la mitad de la gente está en paro y la otra mitad está haciéndoles coaching. (Casi) gratis.

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Cuando aparece una 'nueva' técnica, metodología, disciplina (particularmente con la potencia del coaching), al principio es (re)descubierta, explorada, enmarcada, barnizada, ofrecida por unos pocos locos pioneros que la comparten, la desarrollan y se pelean con un mercado que no acaba de entender esto nuevo. La posicionan hasta que comienzan, por qué no, a vivir de ello.
 
Después llegará, digamos, 'el resto del pelotón': individuos que comienzan a crear escuelas de maestría (pero... ¿se puede enseñar a ser un maestro?) de esta disciplina, certificando, bendiciendo contenidos, creando clubes tú-sí-y-él-no y prácticas a cambio de honorarios en muchos casos cebados con esteroides (¿pagar por trabajar, alguien?). Alta demanda, baja oferta. Dinero fácil. Ético o no, ustedes deciden – este no es un blog de teología.
 
Si el coaching es una moda o está aquí para quedarse lo desconozco. Pero lo que es claro es que el afán por el 'desarrollo de personas' está ahí desde la primera vez que nos bajamos de un baobab hace unos novecientos siglos. No somos tan diferentes a pesar de nuestros iPhones y Facebooks. Tenemos nuestro corazoncito.
 
Este escenario actual en el coaching me recuerda al auge y saturación de los programas MBA. Antes, estos masters conformaban un símbolo de prestigio, de élite, dedicado a unos pocos, para unos selectos candidatos con capacidades propias de un miembro de Mensa, que aprendían una, al menos en teoría, maestría en la gestión de empresas.
 
Desde hace años, tener un MBA no le resuelve la vida ya a nadie. Se ha vuelto una commodity, una mercancía estándar como la barra (cara, eso sí) diaria en la panadería de abajo.
 
De manera análoga, creo que el modelo en el que se asienta el coaching hoy no es viable salvo, con suerte, para el que lo enseña. No necesariamente para el que lo practica.
 
He perdido la cuenta de cuántas personas me piden consejo acerca de dónde, cómo, con quién estudiar aprender coaching. Esto era fácil hace años cuando el número y coste de los programas se convertían rápidamente en una inversión rentable para el nuevo coach.
 
Pero esto ya no es así.
 
Aprobar un programa de coaching no le hace a uno coach al igual que un master en administración de empresas no le hace a uno empresario o un carnet de conducir no garantiza saber conducir: el primero enseña a estudiar y practicar ciertas técnicas y metodologías según los estándares de otros no necesariamente más sabios (sí, el coaching es una disciplina de sabiduría y permanentemente expansiva, de ahí que cada día que pasa, personalmente más compleja la percibo); la segunda muestra los modos de teorizar y matematizar variables intangibles del comportamiento humano (y un mercado cualquiera es lo que refleja, pregunten a los neuroeconomistas); y el tercero le enseña a meter marchas y pisar pedales a la luz del día y, bueno, esperemos que no nieve en invierno.
 
El incremento de coaches en España en los últimos años es descomunal... no así la demanda de estos servicios: una ingente cantidad de coaches que conozco trabajan gratis, sin perspectivas de facturar un solo euro en el futuro próximo o, mucho menos, vivir de ello. Muchos, a pesar de su bagaje y pasión, terminan abandonando el camino para acabar... enseñando un coaching teórico y enlatado al vacío. En serie.
 
A esto se añade un factor que muchos practicantes de coaching comienzan a discernir algo tarde en el proceso... cuando ya han pagado el programa: si bien soy de los que consideran que todos, sin excepción, pueden/podemos emplear el coaching en nuestras propias vidas antes o después (quien no haya tenido alguna vez un bloqueo en sus objetivos, que tire la primera piedra), no todos están hechos para hacer coaching a/con otros. En otras palabras, estudiar coaching siempre es útil, al menos, para aplicarlo en primera persona del singular (yo conmigo mismo, si bien con limitaciones), pero de ahí a emplearlo con terceros es otra historia.
 
Una historia muy seria.

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Dicho esto ¿cuál es el futuro?
 
Excelente pregunta para la respuesta tentativa que anticipo. 
  • La innovación en coaching alcanzará el nanonicho de la superespecialización: no todos pueden estar al lado de los presidentes del Fortune 500 de credo jainista a los que les encante el brécol con salsa hollandaise después de los corn flakes.
  • La inmensa mayoría de los coaches nunca vivirá de su ejercicio. 
  • Habrá pocos coaches, muy pocos, y muy conocidos pero no necesariamente muy buenos presentes en todos los medios sociales habidos y por inventar. Hágase el humo. 
  • Pero habrá una estirpe de coaches sin casi presencia online pero con la reputación única que les precede: al mejor de los neurocirujanos no le hace falta una cuenta en Twitter para hacer sonar su corneta: necesita el tiempo para resolver, no para soplar.
Si le descorazona esta perspectiva, quizás sea porque no le inspire tanto formar parte de estos últimos.

Pero si no es así... Gracias por su maestría.