domingo, 29 de noviembre de 2015

La disrupción diaria

Vivimos en una continua tensión de fuerzas contrapuestas:

En una esquina del ring, nuestro paleocerebro. Este tipo, en realidad, no tiene que trabajar mucho para dejar claro que es él quien manda en este negociado: su labor -simplemente mantenernos vivos- es ejecutada sin vacilación en cada momento y recodo del día en el que debemos tomar una decisión. Si esta implica un mínimo riesgo -y todas lo implican- la única respuesta que impone ese cerebro primigenio es un 'No'.

Sin levantar la voz. Sin aspavientos.

Un tranquilo y estandarizado 'No' -- a todo:

a) 'No me atrevo'. Aunque sí seamos capaces de atrevernos - pero solo cuando nos da la gana.

b) 'No quiero conseguir X'. Cuando en realidad sí lo deseamos. Y mucho, además: el sobado credo pseudo-zen de eliminación del deseo solo es posible cauterizando -literalmente- el sistema de recompensa del cerebro y de paso todo el sistema neuroquímico que hay detrás: si no podemos hacerlo vía lobotomía, hagámoslo por zombificación.

c) 'No es posible'. Cuando lo que queremos decir es que nos asusta la posibilidad de que *sí* lo sea. El poder que albergamos dentro, si lo tentamos, es majestuoso, colosal, cegador en su brillo. Lo normal por ello es sentir vértigo -- como la primera vez de cualquier cosa que nos mereció la pena en la vida.

d) 'No lo merezco'. De este modo, si en efecto no consigo lo que me propongo -para qué esforzarse entonces, demonios- convalido la certeza de no ser digno de crear mi propia dicha. Buena excusa. Y gratis.

e) 'No lo lograré'. Pues claro que no - pero porque los humanos calibramos *hoy* solo con los recursos que tenemos *hoy*. Para el amedrentado, qué importará que pudiera ser capaz de hallar mejores recursos aún: decidirá que mejor se está quieto, no vaya a ser que acabe por destacar en una sociedad masivamente narcotizada ante el siguiente escaparate-Black-Friday de turno.

Cada vez que nos repetimos ese 'No', nuestra mente se calma ante la angustia vital de tener que decidir nada: a fin de cuentas, si tenemos comida, un techo y WhatsApp, en realidad no resta motivo racional alguno para hacer mucho más en la vida -- más que vivir el mismo día repetido durante décadas.
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Pero en la otra esquina del ring, bulle la tensión contrapuesta: la del cerebro pensante, la del córtex prefrontal, el decisor y ejecutor que anticipa y revisa mil escenarios futuros para tornar probabilidad en posibilidad; posibilidad en realidad:

'Sí (puedo, quiero, me muevo, actúo, batallo, me encabr*no, logro)'.

No hay dos letras en combinación más poderosa en nuestro alfabeto: cada 'Sí' que nos regalamos pare una Posibilidad. Una Acción. Rebelión. Coraje. Determinación. Rabia.

Entre ambos contendientes, paleocerebro y neocórtex (o entre el 'No' por defecto y el 'Sí' como estilo de vida) flota en aceite una maleable mediadora - la Pre-ocupación: esa que nos mantiene atareados con tantos '¿y si... (no funciona, me equivoco, me ridiculizan, me pierdo intentándolo)?' tan variados y sofisticados en nuestra imaginación que, como un resorte, activarán nuestro sistema cardiovascular, el diámetro de nuestras pupilas, el grado de sudoración, nuestra respiración, el nivel de adrenalina en sangre, etc. 'como-si' ya estuviera sucediendo aquello que preferiríamos no lo hiciera -- y que, de hecho, *no* ha sucedido.

Dejemos pues de preocuparnos tanto y admitámoslo:

En nuestra vida, siempre que hemos llegado al río, hemos sabido construir el puente - por frágil que pudiera haber sido este.
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En nuestra existencia, todos tendemos a ser 'negativistas': a fin de cuentas, si no hubiéramos sido algo cagu*tas en la Prehistoria, seguramente nos habríamos extinguido.

Pero también todos somos capaces de tornarnos 'afirmativistas', pues sin esa pulsión por el 'Sí' en nuestras entrañas por avanzar, crecer, prosperar, también nos hubiéramos extinguido - muertos de hambre en el fondo de la cueva justificando el millón de razones para no tener que salir de ella.

¿Ya ha decidido usted quién de esos dos contendientes ganará en su combate de hoy?