domingo, 3 de abril de 2016

De saltadores de altura, artistas y gente que no sabe lo que quiere

Conseguir alcanzar nuestros sueños puede ser, precisamente, lo que más nos perjudique en última instancia.

Vivimos en una cultura en la que, al año, docenas de libros, miles de cursos de desarrollo personal y millones de posts en las redes sociales, nos animan –so pena de acabar siendo un perdedor malgastando su vida- a conseguir nuestros sueños, trabajar duro, con constancia y perseverancia; perseguirlos hasta que sean nuestros.

‘Si lo puedes imaginar, lo puedes conseguir’, nos aseguran, como mantra para alcanzar cualquier cosa que deseemos:

Una aseveración enteramente absurda.

Y peligrosa: si bien es cierto que antecediendo cualquier logro que conseguimos, previamente lo visualizamos (lo ‘imaginamos’ en el córtex visual en el lóbulo occipital de nuestro cerebro), eso no quiere decir que cualquier cosa que primero imaginemos vaya a ser conseguida.

Un saltador de altura olímpico pre-‘ve’ cómo va a ejecutar con cirujana precisión cada movimiento que va a realizar para superar el listón y batir un record antes siquiera de comenzar a mover un dedo: en su mente visualizará y calculará la distancia de sus pasos, la velocidad que necesitará, el punto exacto en el que la punta de su zapatilla dejará abajo la pista, el arqueo de su espalda mientras se eleva en el aire, el aterrizaje al otro lado de la barra. Este atleta tiene milimétricamente claro el objetivo en su mente y cómo medirá si lo alcanza. Sabe que lo que imagina es solamente una ‘posibilidad’ dentro de las infinitas probabilidades menos una de que no supere ese listón. Pero se centra únicamente en esa posibilidad, la magnifica, le entrega toda su atención, indiferente a si hubiera un estadio entero a su alrededor animándolo o insultándolo. Su posibilidad se convierte así en su única opción, y es en ella en la que concentra la totalidad de su mente, de su fuerza, de su destreza, las miles de horas de entrenamiento, la dedicación de los años de su juventud. No se centra en recordar aquella frase que leyó en aquel blog popular ‘cualquier cosa que puedas soñar la puedes conseguir’. Él se centra en la única cosa que ahora persigue con una devoción casi obsesiva.

Y aún así, es muy posible que fracase.

De hecho, esa es la más probable de las probabilidades.

La inmensa mayoría de nuestros sueños, igualmente, jamás se cumplirán.

Afortunadamente.

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El sistema de motivación del ser humano, además de ser de una elegante complejidad, tiene un mecanismo de repostaje francamente astuto: si la consecuencia de una acción que adoptamos nos otorga placer, la repetimos; y si nos lastima, la rehuimos. Simple.

Nunca un palo y una zanahoria dieron tanto de sí en tan poco espacio: el núcleo accumbens –el centro del placer del cerebro- es un grupo de neuronas directamente vinculado con la producción de dopamina, un neurotransmisor esencial en nuestra sensación de placer y bienestar. Uno podría concluir, con criterio, que cuando por fin conseguimos alcanzar nuestros sueños se disparará nuestro nivel de dopamina y, por consiguiente, nuestra sensación de placer y bienestar, llevándonos a ese éxtasis cerebral que refleja la culminación de meses, años, o quizás una vida, de trabajo en pos de una meta: el diseño de un producto revolucionario, la venta millonaria de una start-up de Internet, el descubrimiento de un medicamento salvador, o ver a nuestro hijo graduarse en la universidad.

Sin embargo, esto no es lo que sucede en la realidad. Paradójicamente, se dan un buen número de casos de depresión clínica en emprendedores que venden –y pierden el control de- su empresa a pesar de los millones de euros ganados en la transacción; en científicos laureados que resuelven por fin un dilema médico tras décadas de investigación; o en padres entregados que, después de décadas de sacrificio, se dan por fin cuenta que su responsabilidad para con sus hijos ya ha concluido oficialmente; pues unos como otros, muy poco después de haber alcanzado su meta, se plantean la crucial pregunta ‘¿y ahora qué?’

Una pregunta que, si no halla pronta respuesta, comienza a roer el bienestar mental de una persona: no tener en la vida nada en lo que centrar la mente genera más ansiedad aún que tener demasiado que hacer al día.

Esto sucede porque nuestra mente, en realidad, no está diseñada tanto para disfrutar del logro alcanzado en sí, sino más bien del proceso para llegar a ese logro: el artista gozaría más plasmando colores con miles de pinceladas que de hecho firmando el cuadro completado, el chef preparando el guiso que viéndolo desaparecer camino a la mesa de un huésped, el escritor ideando una compleja trama que cerrando con un editor la publicación de su obra, o nosotros mismos preparando y anticipando un viaje durante meses que, una vez disfrutado, nos deja en esa extraña sensación de vacío - o casi de pérdida.

Muchos corredores aficionados no corren necesariamente para ganar una maratón; corren por el proceso en sí de correr. En las empresas no buscamos trabajar solo a cambio de dinero, sino por el propio propósito de valor que pueda aportar esa labor por la que nos pagan. Si comer fuera solamente una cuestión de llenar el estómago, no ritualizaríamos nuestra presencia en sofisticados restaurantes cada viernes con buena compañía. Si el sexo fuera tan solo el camino para perpetuar nuestros genes, las tiendas eróticas venderían solamente pañales.

Imaginamos por ejemplo que conseguir la promoción en nuestra empresa a un puesto de jefatura nos hará más felices. Y cuando lo conseguimos, en efecto, lo estamos – durante unos seis meses aproximadamente, que es el tiempo que tardamos en a) re-acomodar nuestro nivel de gastos financieros al nuevo nivel de ingresos y b) llegar a la conclusión –casi siempre desde un plano subconsciente- que, en fin, esto tampoco nos ha reportado tanto placer, por lo que hay que ir pensando en el siguiente puesto al que ascender. En otras palabras, la habituación al estímulo actual nos lleva a querer buscar más del mismo estímulo siquiera solamente para conseguir el mismo placer.

El mismo mecanismo que la cocaína.

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La emoción que menos perdura es la sorpresa. Por eso, una vez logramos y somos conscientes de un logro extraordinario (una promoción, un record del mundo, un reconocimiento público, un hijo en la universidad), rápidamente nos habituamos a él… y nos comienza a saber a poco.

De ahí derivaría nuestra propensión a considerar que más será siempre mejor, llevándonos a correr como ratas en la rueda de la jaula hasta que un domingo por la tarde comenzamos a intuir que no importa cuán elevado sea ese más, en realidad jamás será suficiente, y situándonos a partir de entonces en un dilema vital: si renunciamos a lograr más, nos sentiremos faltos de motivación, de estímulo, como si deambuláramos inanes en una vida de la que ya no deseamos pedir nada; pero si seguimos en esa carrera de más, más, más, nos daremos cuenta que, por rápido que corramos en esa rueda, jamás saldremos de la jaula: antes o después, todo nos parecerá insuficiente.

Pero además, añadamos que una inmensa cantidad de personas no tienen ni la más ignota idea realmente de cuáles son sus sueños. Saben, sí, los sueños que deberían tener –los aprendidos de su entorno-, o los que creen que quieren – pero que son tan maleables y cambiables que, muy raramente, serán a día de hoy lo mismo que hubiéramos jurado íbamos a querer hace una década.

Pensamos que lo que querremos cuando tengamos 70 años es lo mismo que queremos hoy con 45, solo que con más de lo que nos gusta hoy y menos de lo que no nos gusta hoy. El problema es que no se puede pensar con 45 años como si tuviéramos 70, del mismo modo que un niño de 5 años no puede imaginar si con 30 quiere ser médico como hoy afirma rotundo: ni tiene la experiencia, la perspectiva, ni el software cerebral, como para tomar esa decisión con criterio. Podrá imaginar qué es tener 30 años, pero nunca saberlo.

Por eso es tan frecuente que con el tiempo cuestionemos cualquier decisión de cierta duración que hubiéramos adoptado: nos guste o no, tras seis años se producirán los primeros conflictos serios matrimoniales; tras quince años de carrera profesional consideraremos cambios laborales drásticos –cuando se produce un pico en emprendimientos-; y cerca del 100% de los que concluyeron la universidad con 25 años se darán cuenta a los 30 de que se equivocaron de estudios pues tomaron una decisión académica de trascendencia con 18 a pesar de que la madurez biológica ronde los 25 – y eso sin ser conscientes aún de que a los 40 se preguntarán de todos modos qué demonios están haciendo con su vida tras darse cuenta de que no se parece en nada a lo que hubieron imaginado.

Pero no todo está perdido.

Paradójicamente, es gracias a nuestra insatisfacción personal que nuestro progreso vital es posible:

Tener sueños claros y perseguirlos nos reporta de hecho una mayor motivación que lograrlos: nadie se mueve (y logra, generando dopamina y bienestar) para conseguir nada que le es ya regalado.

El sencillo hecho incluso de planificar el alcance de esos logros moviliza nuestros recursos personales: tomar acción nos otorga más poder que seguir poniéndole la otra mejilla a las circunstancias. Más dopamina.

Y, finalmente, hallar un sentido existencial es una de las necesidades básicas de todo ser humano con el estómago lleno y dos dedos de frente: como meramente sobrevivir se nos antoja algo limitado, buscamos encontrar un sentido plausible a este pandemonio que llamamos existencia.

Por tanto, no nos lamentemos si no alcanzamos nuestros sueños:

El mero hecho de saber que hay una meta final que lograr es la mejor razón para continuar caminando hacia ella - aunque nos importe un carajo llegar últimos. Qué más dará.

Saber que podemos lograr siquiera llegar a ella nos inspira e impulsa más que rememorar lo ya logrado desde la neblina del pasado.

Y, quizás, simplemente saber que tenemos la posibilidad real de llegar a ese sueño sea, después de todo, lo que nos hace sentirnos vivos.

Profundamente vivos.

Aunque nunca lo alcancemos.

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