miércoles, 20 de abril de 2016

El ecuador del viaje

Es una sensación inquietante, incómoda. Ciertamente desconcertante y, a menudo, dolorosa cuando, finalmente, lo aceptamos:

Tener la sospecha –o ya la certeza- de que no tenemos una clara, clarísima vocación profesional, ninguna pasión laboral, ningún trabajo por el que perder el sueño, volcar nuestra inteligencia, dedicar una vida.

Que aborrecemos el trabajo que tenemos, que nos aburren las mismas personas que nos rodean allí, nos desquicia el incompetente que nos dirige, nos aliena el atasco de cada día, nos idiotiza la rutina diaria para la que nunca estudiamos.

Cada mañana nos levantamos –con suerte- para correr a algún lugar donde, a cambio de mares de nuestro tiempo, nos pagan con gotas de dinero con el que continuar pagando las facturas y la cama desde la que, a la mañana siguiente, repetiremos la rutina de sobrevivir durante cuarenta años de nuestra existencia trabajando no sabemos muy bien para qué – o quién.

Nos vendieron el contrato indefinido, el ‘trabaja de lo tuyo’, el ‘hazlo bien y hazte jefe’, el ‘aguanta hasta los 65 y disfruta de la pensión’ que, ya intuimos, nos hará tener que elegir entre dormir caliente o comer caliente.

Nos dimos cuenta de que somos más reemplazables de lo que sospechábamos. Como también lo era ese mismo jefe incompetente que, creyéndose que lo estaba haciendo de p*ta madre, cavaba también la fosa donde la crisis, el beneficio, el accionista o la bendita prima de riesgo también lo enterraría junto a los cadáveres laborales que él mismo dejó por el camino.

Pero ya se acabó.

Se acabó el momento de añorar las historias del botones que llegó a director de banco. Se acabó lamentarnos por aceptar, ay, que trabajamos solo por dinero a cambio de algo que aborrecemos.

Se acabó autoflagelarnos por añorar un futuro que nunca será ni podía haber sido más que en el reino de Oz.

Pero también se acabó quejarse.

Se acabó eso de engrosar las listas de espera de terapeutas, psicoanalistas, coaches y chamanes, quienes cada vez están teniendo más dificultad en encontrar a alguien que esté razonablemente feliz con la labor que denomine ‘trabajo’.

Es momento de rescatar lo que un día imaginaste iba a ser tu trabajo-ideal y por el camino abandonaste por la premura de esas brillantes monedas de latón.

En la era de la marca individual, en la economía del bolo, cada Juan, cada Pedro, cada María y cada Ana no solo pueden, sino que deben desmontar y volver a montar vidas con la misma celeridad con la que cambien de proyecto, por lo que cada posesión demasiado grande acaba por ser peso muerto.

Ya no tendremos nunca más una carrera laboral o una vida profesional, sino varias – o muchas.

De todos modos, seamos sinceros: la verdad, ya no queremos trabajos vitalicios ni aunque los hubiera.

Quizás ya no seamos nosotros la generación mejor educada - pero desde luego somos la mejor preparada.

Porque, aunque aún nos intimide, ya no tenemos pavor a una maleta y a un billete de ida a otra ciudad, otro proyecto, otra relación o al infierno de nuestros miedos.

Y porque, desde luego, ya no tenemos la paciencia de plegamos a aquel ni a ningún otro incompetente tan insensato como para interponerse en nuestro camino.

Somos la generación que conjugamos dos o más profesiones en la misma tarjeta de visita o en la media docena que haga falta. Somos los abogados/fotógrafos, los ingenieros/sacerdotes, los diseñadores de moda/arquitectos, los médicos/voluntarios, los bibliotecarios/vendedores, los profesores/directores de documentales.

Somos los valientes que le enseñaron los dientes a la vida cuando esta nos arañó, aun cuando hubiéramos preferido acurrucarnos en nuestra guarida.

Somos los que elegimos una mañana estar hartos -- y hacer algo con nuestro hartazgo.

Los que vendimos nuestras cosas para comprar nuestro tiempo.

Los que quemamos nuestras balsas para construir nuestra propia Armada.

Los que sabemos más que nadie de qué va todo esto aunque nadie por ello nos admira – aunque nos da rematada, profunda y j*didamente igual.

Somos los que cada amanecer y cada anochecer contamos nuestras bendiciones y, sin tener ni la más remota idea de qué haremos en un año o en cinco, tampoco nos importa.

Porque siempre nos cuidaremos y cuidaremos de los que queremos.

Ahora que empezamos a ver el ecuador de este viaje llamado vida es cuando comenzamos a abrazar firmes el timón que los demás andan demasiado distraídos o ac*jonados para agarrar en mitad de la tormenta.

Y pagamos el peaje de nuestra libertad: el agridulce vértigo de continuar construyendo redes cada día para que puedan acogernos si caemos. Aunque a veces fallemos en el cálculo, ni una vez nos hemos quedado rendidos en el suelo.

Nos preocupamos, lloramos, reímos, logramos.

Logramos.

Vaya que si logramos.

Porque ya pasamos el ecuador del viaje.

Porque tenemos más de 40.


Porque somos insustituibles.