domingo, 14 de abril de 2013

Percepciones, quesos suizos y tiempo

Cuando uno se propone aprender un idioma, comienza de partida a absorber todo lo que puede de ese nuevo lenguaje: cursos, libros, películas, audios.

Una vez que creímos haber alcanzado un cierto nivel, quizás llegara el momento en el que nos expusimos al momento de la verdad: la primera conversación que mantuvimos con una persona nativa de ese idioma no nos dejó indiferentes; nos dimos cuenta de que, por mucho que hubiéramos aprendido, seguíamos sin poder comunicarnos como hubiéramos querido.

Lo interesante de la interacción con esa persona, lo más posible que sucediera, es que nos hubiéramos de hecho 'inventado' más de la mitad de lo que se intercambió en esa conversación. En efecto, sea por timidez o por incomodidad, asentimos entonces con la cabeza ('sí, sí, entiendo...') ante nuestro interlocutor... aunque de hecho no hubiéramos entendido nada.

La información que 'comprendimos' durante el intercambio, como si fuera un queso Gruyère, estuvo tan llena de 'agujeros', que rellenamos estos con aquella información de nuestra propia cosecha: lo que 'creemos' que ha dicho, lo que 'nos gustaría' haber oído, lo que tiene 'más sentido' (para nosotros) que nos haya dicho.

En otras palabras, a falta de mayor comprensión, nos inventamos la mayor parte de lo que esa persona quiso transmitir.

Exactamente lo mismo que hacemos con la realidad que nos rodea:

La vemos y oímos, sí -- pero no la acabamos de entender en su monumental complejidad.

Por eso solamente la interpretamos.

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La realidad en la que nacemos, vivimos, peleamos y hacemos el amor es tan incomprensible que la salpimentamos con epítetos para hacerla más digestible: 'bueno', 'malo', 'útil', 'necesario', 'absurdo', 'doloroso', 'inspirador'.

El mismo evento trae diferentes interpretaciones dependiendo del Observador de esa realidad: para un granjero, el hecho de que nieve puede significar su ruina. Para un vendedor de tablas de snowboard, una bendición, sí, del cielo.

Sin embargo la Realidad, simplemente, 'es'.

Sin más.

De este modo, en esta realidad-universo-Gruyère que nos rodea filtrada por unos ojos y oídos que, en toda su potencia, se mantienen confinados en determinados espectros de onda (como sintonías en una radio casera o una cadena de TV local) solo nos queda como opción 'racional' rellenar esos agujeros de comprensión con información de nuestra propia cosecha: nuestros anhelos, deseos, frustraciones, puntos de vista, dogmas, cristales tintados y nieblas de colores que nos permitan comprender (o, más modestamente, entender a secas) la realidad filtrada por nuestro propio tamiz mental. A fin de cuentas, los agujeros de un Gruyère también 'son' el queso.

Cada individuo tiene su manera: algunos rellenan esos agujeros repitiendo aquello que les ha funcionado en su pasado; otros, redundando en aquello que 'no' funciona pero que les es cómodamente conocido; ambos siempre en pos de lo que (creen que) les generará mayor bienestar. Somos así de prácticos los humanos.

Y perezosos.

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Pero es en esta encomiable labor de búsqueda del bien-estar cuando, paradójicamente, más interferimos con otros, colisionando con sus propias búsquedas de bienestar (o 'bien-llenar' esos agujeros), generando de paso conflictos interpersonales por el camino: con la gente cercana, con el tendero, con el gobernante. O con uno mismo.

Los conflictos, la mayor parte de las veces, subsisten gracias a las 'opiniones' encontradas entre dos o más personas acerca de cómo rellenar esos agujeros-de-realidad-incomprensible: 'me va a quitar el puesto' vs. 'puedes fiarte de mí'; 'es un universo generoso' vs. 'eres un negativo'; 'me la vas a pegar con el vecino' vs. 'no eres mi dueño'; 'que me quede como estoy' vs. 'no tienes iniciativa'... que eleva a la categoría de verdad bíblica cualquier roce entre opiniones divergentes que, de todos modos, no pueden ser demostradas por mucho que elevemos la voz.

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Muchos conflictos son evitables e innecesarios.

Pero otros no. Es más: es necesario buscarlos, enfrentarlos, pelearlos.

Lo que no tiene ningún sentido es que perdamos nuestro centro por causa de determinados conflictos en donde ambos pierden pero creen que ganan: a fin de cuentas, a todos nos gusta tener 'la' razón... aunque no la tengamos.

Por tanto, escoge con criterio tus combates: lucha, sí, por tus objetivos, tus proyectos, tu bienestar, el de tu clan. Lucha hasta el último gramo de tus fuerzas y de tu voluntad. Batalla hasta que caiga el último caballo si hace falta – y entonces lucha una vez más.

Pero, por lo que más aprecies – no batalles por una opinión o por 'tener razón':

Malgastarás tus recursos, tus energías; quemarás tus músculos para defender la nada del ego.

Por generosidad y respeto hacia ti, dale a tu oponente esa, su, razón que tanto añora en este momento de vulnerabilidad en su vida.

Él se apartará de tu camino, sin rasguños.

Y tú volverás de nuevo a ser dueño de tu mayor riqueza:

Tu tiempo.

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Pronto, el trailer! ;) : haz 'me gusta' en https://www.facebook.com/RompeConTuZonaDeConfort