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jueves, 8 de noviembre de 2012
lunes, 5 de noviembre de 2012
Una Historia de la Cadena Financiero-Alimentaria
El problema no es tener un jefe.
El problema es que ese jefe, a su vez, tiene otro jefe. Y este, igualmente, debe reportar a otro superior... y así, hasta que se pierde en lontananza el
Ahora bien, en esta pirámide jerárquica... ¿quién ocupa la cima de la cadena alimentaria?
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Los más viejos del lugar quizás aún recuerden cómo compraron por aquel entonces sus casas, sus hogares: a tocateja. Si costaba 1.000 monedas y ganaban 100 al mes, ahorraban lo que fuera necesario para poder sufragar el techo para ellos y sus familias.
Hasta aquí, fácil.
Pero esa era la teoría: como no siempre podían realmente ahorrar, un tipo avispado, llamémosle Banqueroman, se prestó, nunca mejor dicho, a prestar (financiar, 'ayudar') a aquellos desafortunados individuos que no podían (o no sabían) ahorrar para comprarse ese hogar. Nacía el préstamo.
Por su lado, el tipo que construía casas (llamémosle Sr. Constructorman) al darse cuenta de la disposición generosa de este Sr. Banqueroman y su (disculpen la burda chanza) impagable servicio a la sociedad, se dio cuenta de que aquí había dinero fácil: si para vender una casa de 1.000 monedas el comprador ya no necesitaba esperar 12 meses para poder ahorrar y comprarla sino que el banco le presta el monto completo al comprador tras 12 horas de papeleo, quizás, solo quizás, si subiera yo un poquito el precio de la casa, a lo mejor el comprador también, ya que estaba tan motivao, estaría aún dispuesto a adquirirla. Así que probó a ver qué pasaba: subió el precio de venta de la propiedad a 1.100 monedas... y a esperar.
Visto el percal, claro, el comprador se dijo: "bueno, si ya tengo 1.000 monedas en el bolsillo, todo es cuestión de ahorrar un poquito más para comprar la casa: total, tampoco es tanta la diferencia." Sin embargo (prisa que se suele tener en estos vergeles) tras pensárselo un poco más, optó por la vía más rápida recién descubierta cual revelación del Más Allá: solicitar otras 100 moneditas de nada al banco en otro préstamo adicional - que gustosamente el Sr. Banqueroman concederá sin muchos miramientos: total, va a ganar de todos modos, sea con el interés de los préstamos o sea quedándose la propiedad porque eso es lo que se deben merecer de castigo todos esos morosos que no entienden ni sus productos hipotecarios ni sus credit default swaps, c*ño, que tampoco son tan complicados. Haber estudiado.
Así fue como, sin haber puesto un solo ladrillito más en la misma casa, el constructor se embolsó 100 monedas más, el Sr. Banqueroman ganó los intereses de esos 100 monedas adicionales del préstamo, y el comprador se endeudó aún más basado en su confianza en que el, su, futuro siempre le deparará algo mejor: mejor jornal, mejor posición, una herencia de la tía emigrada a Nueva Zelanda, etc. Un futuro halagüeño que, sin duda, aliviará rápidamente la carga financiera de una casa que en escritura es suya pero que, de facto, es del Sr. Banqueroman durante, ná, 30 añitos.
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Otros viejos del mismo lugar, por su parte, optaron por otras alternativas algo más osadas: cansados de trabajar de sol a sol los feudos de señores terratenientes poseedores de terrenos extensos y cuyo único mérito es haberlos heredado de favores, prebendas y pernadas de ida y vuelta con realeza y nobles siglos atrás, decidieron lanzarse a emprender. Vulgo: montárselo por su cuenta, vamos.
Sin embargo, con la idea empresarial no bastaría: para muchos hacía falta un capital inicial en efectivo. Dinerito. Billetes. Pasta. Así que, como ahorrando se percataron de que no iban a poder empezar antes del cambio de siglo, optaron por acercarse al puesto de un tipo del que habían oído hablar por su vecino, el tal Sr. Banqueroman, pues se decía que prestaba dinero a cambio de un módico interés. Resuelto el asunto: hablarían con el tal para poder al fin comprar sus propios aperos, maquinaria, tecnología y un campo para emplearlos para su propio beneficio en vez de para el terrateniente de turno (que para entonces el karma de ellos ya había quedado saldado).
El Sr. Banqueroman, que por esa época ya le estaba cogiendo el tranquillo al tema de hacer dinero sí o sí sin crear materialmente nada, se avino a financiar las locas ideas de estos tipos que estaban hartos de trabajar las tierras de otros y prestó al trabajador, ahora emprendedor, las 300 monedas que necesitaba para que se acercara a la tienda correspondiente a comprar su primer tractor.
Ya dentro de ella, este emprendedor, sin embargo, se rascaría la cabeza unos minutos contemplando la etiqueta del precio antes de preguntarle tímidamente al vendedor de tractores:
- "Me queda claro el precio pero... cuándo ha costado fabricar este tractor?"
- "¿Fabricarlo? Emm, aproximadamente 25 monedas". El emprendedor, ahora no solo realmente confundido sino ya un puntito irritado, vuelve a la carga con otra pregunta aún más insidiosa: "¿y el resto del precio? ¿Por qué un beneficio de 275 monedas por tractor?".
- "Fácil", aclaró el vendedor de tractores con paciencia (lo llamaban atención al cliente). "Parte va a pagar los costes de aquí, un servidor. Parte para pagar la luz de las lámparas de la tienda cuando oscurece. Y la mayor parte lo tiene que emplear mi jefe quien, un día al igual que usted, decidió dejar de romperse el lomo por el terrateniente y sustituirlo por romperse el lomo para endeudarse con el Sr. Banqueroman: a él va todo lo que podemos sacar por cada tractor para devolverle el préstamo que le pedimos para abrir la tienda."
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Fue ahí y entonces que el emprendedor decidió cambiar de lógica: lo que no quería hacer era dejar de tener un jefe feudal para sustituirlo por un jefe financiero quien ganaría dinero independientemente de cómo les fuera a los tipos con él endeudados. Nuestro emprendedor no sería uno de ellos.
Decidió entonces ampliar el número de personas que le acompañarían en ese viaje, esa gesta, hacia la compra de su libertad (de su tiempo, en suma). En lugar de pedir dinero prestado al tipo del banco, que ya por entonces había decidido pagarse un bonus por su innegable destreza y saber de dineros, convenció a un grupo de personas a que invirtieran en ellos mismos y su idea, sus propios materiales, recursos, capital. Como parecía que colaborar entre sí se les estaba dando bien, decidieron denominarse a sí mismos Cooperativos.
Ahora bien, como era de esperar, aún quedaría un obstáculo hasta la parte en que son felices y comen perdices y demás sabrosas viandas.
En efecto, esta es la parte en que el Sr. Banqueroman se horroriza al ver sus ingresos menguar y se alía con sus amigos los Sres. Políticos para juzgar, criminalizar, demonizar y perseguir a aquellos malvados y rebeldes Cooperativos, contra los que legislarán con el pretexto de ser unos _____istas (escojan el prefijo que menos les guste) y los empezarán a perseguir en sus propios fueros, incrementándoles sus impuestos (aun cuando no hubieran aún producido y vendido nada, que no les ha dado tiempo ni a empezar) con el pretexto de la "distribución de riqueza" y la “solidaridad” entre quienes más lo necesitan mientras, miren por donde, aquellos se apropiarán, desviarán y esconderán para sus propios fines, lujos y caprichitos, esos “fondos solidarios” para cuidarlos más personalmente una vez escondidos bajo una piedra en un país exótico del que nunca habrán oído hablar los demás.
Pero qué buenos son: tanta generosidad, tanta entrega es digna de encomio.
Será cuestión de votarles de nuevo.
Pero eso es otra historia.
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jueves, 1 de noviembre de 2012
Des-encontrar. Des-reconocer.
Los sentidos son las ventanas que nos asoman, desde el hogar confortable de nuestro cerebro, a la porción de paisaje hacia la que los tenemos orientados.
Si nuestras ventanas, puertas, patios, nuestros ojos, oídos, dedos, están sintonizados con lo que estamos habituados a ver, oír y tocar, entonces buscamos simplemente, corroborar que lo que esperábamos ver sigue estando ahí desde la última vez que chequeamos.
Seguramente le haya sucedido: está usted de viaje y se hospeda en un hotel lejos de su casa. Se despierta en mitad de la noche y, desorientado, se da cuenta de que no tiene ni la más ignota idea de donde se encuentra: sus sentidos, habituados no a ver, sino a querer encontrar lo que debe estar ahí, no reconoce lo que le rodea y tarda unos segundos de frenética actividad en nuestra mente en un intercambio fulminante de preguntas y respuestas entre el subconsciente (el que reconoce) y el consciente (el que ve lo nuevo) hasta que llegan a una respuesta plausible para ambos: ¿dónde estoy?; ¿qué es esa luz del techo?; ¿qué es ese zumbido como de... minibar? Ah, sí, estoy en un, este, hotel desde anoche).
En otras palabras, en lugar de ver → entender, nuestro proceso perceptivo se basa en ver → reconocer → entender. Solo cuando nos damos esa explicación por la que la lucecita roja del techo es el detector de incendios de la habitación, recalibramos nuestras coordenadas en el planeta y nuestro propio googlemapsmental nos devuelve al hotel (y al incordiante ruidito de su minibar). Lástima: no era finalmente el dormitorio de ese irresistible vecinx del tercero que creíamos en primera instancia.
Luego entonces, si nuestro proceso perceptivo es ver → reconocer-algo-que-nos-es-familiar → entender, ya que es lo más eficiente (menos calorías consumidas por nuestro cerebro), no es de extrañar que nuestra tendencia inicial cuando nos enfrentamos a un obstáculo nuevo sea a resolverlo con aquello que nos funcionó en el pasado... aunque fuera para solventar problemas que en este caso sean irrelevantes: intentar usar un martillo con un currículum excepcional para enhebrar un hilo de seda.
Las respuestas para este nuevo problema, y he aquí el dilema, se hallan solo cuando se pregunta; es decir, formulando planteamientos que nos expulsen de nuestro desierto magníficamente decorado (pero desierto en fin) hacia la in-certidumbre de terrenos distantes y aún no cartografiados. Plantear, cuestionar, reenfocar, dinamitar lo que asumimos debe ser es uno de los caminos para continuar improvisando de modo efectivo en el camino imprevisible de la vida.
Requiere coraje, sí, sobre todo para escrutar aquellas premisas que consideramos intocables: creencias arraigadas, derechos adquiridos, trampas del ego.
Al principio no tendremos ni idea de por dónde proceder (como despertar en mitad de la noche en una cama de hotel que no es la nuestra y que aún no re-conocemos).
Especialmente ahí, donde aún no haya ninguno.
Si nuestras ventanas, puertas, patios, nuestros ojos, oídos, dedos, están sintonizados con lo que estamos habituados a ver, oír y tocar, entonces buscamos simplemente, corroborar que lo que esperábamos ver sigue estando ahí desde la última vez que chequeamos.
Seguramente le haya sucedido: está usted de viaje y se hospeda en un hotel lejos de su casa. Se despierta en mitad de la noche y, desorientado, se da cuenta de que no tiene ni la más ignota idea de donde se encuentra: sus sentidos, habituados no a ver, sino a querer encontrar lo que debe estar ahí, no reconoce lo que le rodea y tarda unos segundos de frenética actividad en nuestra mente en un intercambio fulminante de preguntas y respuestas entre el subconsciente (el que reconoce) y el consciente (el que ve lo nuevo) hasta que llegan a una respuesta plausible para ambos: ¿dónde estoy?; ¿qué es esa luz del techo?; ¿qué es ese zumbido como de... minibar? Ah, sí, estoy en un, este, hotel desde anoche).
En otras palabras, en lugar de ver → entender, nuestro proceso perceptivo se basa en ver → reconocer → entender. Solo cuando nos damos esa explicación por la que la lucecita roja del techo es el detector de incendios de la habitación, recalibramos nuestras coordenadas en el planeta y nuestro propio googlemapsmental nos devuelve al hotel (y al incordiante ruidito de su minibar). Lástima: no era finalmente el dormitorio de ese irresistible vecinx del tercero que creíamos en primera instancia.
Luego entonces, si nuestro proceso perceptivo es ver → reconocer-algo-que-nos-es-familiar → entender, ya que es lo más eficiente (menos calorías consumidas por nuestro cerebro), no es de extrañar que nuestra tendencia inicial cuando nos enfrentamos a un obstáculo nuevo sea a resolverlo con aquello que nos funcionó en el pasado... aunque fuera para solventar problemas que en este caso sean irrelevantes: intentar usar un martillo con un currículum excepcional para enhebrar un hilo de seda.
Las respuestas para este nuevo problema, y he aquí el dilema, se hallan solo cuando se pregunta; es decir, formulando planteamientos que nos expulsen de nuestro desierto magníficamente decorado (pero desierto en fin) hacia la in-certidumbre de terrenos distantes y aún no cartografiados. Plantear, cuestionar, reenfocar, dinamitar lo que asumimos debe ser es uno de los caminos para continuar improvisando de modo efectivo en el camino imprevisible de la vida.
Requiere coraje, sí, sobre todo para escrutar aquellas premisas que consideramos intocables: creencias arraigadas, derechos adquiridos, trampas del ego.
Al principio no tendremos ni idea de por dónde proceder (como despertar en mitad de la noche en una cama de hotel que no es la nuestra y que aún no re-conocemos).
Es indiferente: continúen cuestionando. Perforen el invisible muro que le recluye en su desierto magníficamente decorado y tanteen nuevos senderos.
Especialmente ahí, donde aún no haya ninguno.
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domingo, 21 de octubre de 2012
La Buena Escasez.
Estamos entrenados para estar estresados.
El estrés aparece ante una situación, básicamente, de escasez real o percibida: desde la de los minutos que anticipamos nos quedan de vida al ver aquel proverbial y ancestral león con ganas de carpaccio de humano en la sabana africana hace cien siglos, hasta la versión actual del encabr*namiento que agarramos porque nos quite el de delante esa plaza de aparcamiento en la calle en hora punta tras más de 45 minutos dando vueltas con el coche y ya llegando tarde a la reunión.
Para hacer la historia aún menos apetecible, estamos diseñados para anticipar escenarios futuros que, creemos, son lógicos (caray, que para eso somos los seres más inteligentes del planeta) y que, vaya, tienden más bien a ser catastrofistas... o absurdamente optimistas: desde el no emprendo porque es muy arriesgado y puedo quebrar al voy a comprar Facebook, Google y de paso la economía de Canadá con esta nueva app que acabo de diseñar en 2 horas, abran paso.
El resultado, obvio: nos pasamos incontables horas al días pre-ocupados por lo que es, puede ser, será, podría ser, probablemente sea, me han dicho que será... que ocupados actuando de un modo efectivo para nuestros propósitos.
O sea: sin mover el c*lo.
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He aquí una curiosa paradoja de la condición humana.
Nos educamos y trabajamos consistentemente en 'modo escasez': desde el 'hay que luchar por las pocas matrículas de honor' en la escuela primaria, hasta la oferta para un puesto de trabajo con 500 candidatos, pasando por la monogamia vitalicia (sea con la pareja o con una hipoteca), la religión única, o la batalla por ahorrar esos céntimos en cada compra de los sábados.
La réplica la tenemos sobradamente constatada y experimentada cada uno de nosotros en cuanto nos percatamos de ello: la abundancia de posibilidades, opciones, proyectos, recursos, contactos, formaciones, vivencias a los que podemos optar es, llanamente, infinita (si hacemos algo al respecto). Es así, relativamente sencillo, modificar nuestra creencia de la botella medio vacía y sustituirla por la de la botella que desborda: tan solo hay que habituarnos a invertir más tiempo diario en abrir más los ojos y los oídos y menos la boca.
Pero sin embargo, hay una convicción que puede autodinamitar nuestras propias metas:
Cuanta más percepción de abundancia tengamos, menos actuamos.
Nos enredamos así hasta tal extremo con filosofías, deseos lanzados a una fuente, brindis al sol, cursos de motivación, gurús acaricialomos que periódicamente refuerzan nuestro nuevo descubrimiento de lo absurdamente abundante que es el mundo que hallamos una magnífica excusa (más) para no mover un dedo.
O sea: estoy supermegamotivado para seguir hallando modos de mantenerme supermegamotivado... pero no nos desplazamos una sola pulgada hacia donde queremos ir.
Las soluciones a este contrasentido podrían pasar por varios ejes:
- Saber que motivarse es un medio, no un fin: sin la motivación, no se consigue nada, cierto. Pero con ella, sí, tendremos tanto combustible como vehículo... pero todavía hay que girar la llave para que la cosa se mueva.
- Ambicionar la abundancia es lo que nos ha permitido tanto progreso como especie: si no tuviéramos nada a lo que aspirar, seguiríamos siendo protozoos.
- Temer la escasez es útil siempre que no sea paralizante: un poco de canguelo, en ocasiones, viene bien para mover el trasero.
- Una persona que emprende o busca empleo con una cuenta bancaria saludable tiene menos prisa que una a la que se le acaban los fondos en un mes: el segundo escenario, bien canalizado, da lugar a soluciones creativas que a los primeros se les escaparán. He aquí un buen uso del estrés para el segundo... y un guiño narcótico de la sensual pereza en los primeros.
- Una opción interesante para diluir esa pereza es autoforzarse una premura (autogenerarse estrés... pero a nuestro favor), sea con:
- Una disciplina prusiana, o
- Tomando decisiones drásticas, por ejemplo: cerrando nuestro propio acceso a nuestra cuenta bancaria hasta 2016; regalando todo el dinero para forzarnos a re-pensar en lugar de solazarnos en nuestro algodón financiero (no serían los primeros, esto ya lo hizo Wittgenstein); creándonos una suerte de autocastigo por el que se donará, en caso de holgazanería, una cuantía 'a lo multa' para aquel grupo político, religioso o equipo de fútbol al que nunca nos adscribiríamos; o removiendo ¡a propósito! una de las bases que hoy nos hacen sentir cómodos: cambiando de ciudad, país, de oficio, de relaciones, de hábitos... y que nos fuercen, porque no queda otra, a reinventarnos. (O cómo boicotear nuestra propia zona de comodidad).
Todo esto requiere coraje, estar hecho de una pasta especial: la del que emprende su vida con ambición, con un marco mental centrado en, sí, una abundancia ilimitada... pero con el ingenio que solamente puede proceder de la percepción de escasez.
Apetece el reto.
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viernes, 19 de octubre de 2012
Entrevista en RNE, Coaching para Emprender
Hoy viernes 19 de octubre, a las 16:00 hora peninsular española, entrevista conmigo acerca del uso del Coaching para Emprender, conducida por el escritor Juan Patricio Lombera.
En Radio Nacional de España (programa 'Sexto Continente').
Se puede oir también en directo por Internet, aquí.
Nos oímos! ;)
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ACTUALIZACIÓN: para escuchar la entrevista completa, aquí (minutos 02:20-17:30).
INTRO DEL PROGRAMA: En una ocasión hablamos en Sexto Continente de un libro de coaching y nos hicieron una demostración en directo; resultó tan exitosa que hemos decidido repetir. En esta ocasión lo hacemos con el escritor Gregory Cajina, que nos habla de su libro Despide a tu jefe y nos hace una pequeña demostración de coaching.
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ACTUALIZACIÓN: para escuchar la entrevista completa, aquí (minutos 02:20-17:30).
INTRO DEL PROGRAMA: En una ocasión hablamos en Sexto Continente de un libro de coaching y nos hicieron una demostración en directo; resultó tan exitosa que hemos decidido repetir. En esta ocasión lo hacemos con el escritor Gregory Cajina, que nos habla de su libro Despide a tu jefe y nos hace una pequeña demostración de coaching.
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miércoles, 3 de octubre de 2012
Del Trabajo en Equipo a la Alianza Colaborativa
Nueva entrada que hemos publicado en el Observatorio Europeo de Coaching, aquí.
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