lunes, 12 de marzo de 2012

Regulando a los demás

Hipócrates no tenía una carrera universitaria como galeno. Quizás, precisamente por eso, se le considera el padre de la Medicina occidental.

Miguel Ángel no ingresó en la facultad de Bellas Artes. Bebió de los más reputados maestros de su época y cinceló no solo obras maestras, sino una nueva manera de concebir el arte.

Gandhi no recibió un master en liderazgo nacional no-violento como requisito previo antes de erigirse en guía de su nación.

Sócrates no era un coach certificado por ninguna escuela que supervisara sus prácticas en dialéctica.

Jobs no egresó de ninguna escuela de negocios de postín que le hubiera mostrado cómo gestionar el departamento contable de Atari.

¿En qué momento alguien decide erigirse en regulador sobre los demás y determinar qué (y, sobre todo,quién) es profesional y qué/quién no?

¿En qué momento alguien decide que 'yo soy/estoy profesionalizado -y los que me sigan-', y los demás son intrusistas o de una liga inferior?

¿En qué momento decidimos exigir a otros (y a nosotros mismos) la adherencia a los dictados de un comité de ¿sabios? que, muchas veces, están más regidos por intereses más mundanos que los honorables principios y misiones que públicamente blanden?

A fin de cuentas, pareciera que siempre hubiera que pagar un peaje para matricularse, certificarse, graduarse, diplomarse o doctorarse para tener acceso a la Tierra Prometida de un contrato laboral, uno para el Estado, una cartera de clientes concreta o para pertenecer al grupo de los del título en la pared.

Y sin embargo...

¿Acaso realmente hace falta que alguien nos certifique para hacer cosas grandes?