viernes, 8 de febrero de 2013

Neanderthales, Dios, atletas, y otras creencias

Necesitamos creer.

Todo el mundo discute acerca de 'creencias': limitantes, potenciadoras, erróneas, encaminadas, arraigadas, parentales, sociales...

Solo existe aquello en lo que es creído: las deidades polinesias nos son extrañas, desconocidas. Inexistentes. Las creencias monoteístas que nos rodean, no.

Para que haya 'creencia', debe haber 'alguien' que crea. (Un 'yo' que observa).

Y para que 'alguien' crea en algo, debe haber un 'impulso por creer' que nace desde dentro de nuestro cerebro – incluso desde que el Neanderthal honrara a sus muertos en tránsito al más allá. ¿Será un defecto evolutivo y caprichoso esta necesidad trascendente? ¿La experimenta un guepardo? ¿Y una secuoya o una antracita?

Las creencias tienen su uso: está demostrado que la oración de uno mismo por el bien de uno mismo incide positivamente en la sanación terapéutica (y el saber que otros rezan por uno, también – sin embargo, los efectos de la oración 'anónima' aún no está contrastada: una persona refuerza su sistema inmunológico si *sabe* que están rezando por su recuperación).

Las afirmaciones y visualizaciones (que son creencias 'en acción') son todos los días empleadas por individuos que acometen retos que para ellos son relevantes: desde el atleta de élite hasta el piloto de combate, desde el becario en su primer día de trabajo, hasta la actriz en la obra de teatro. El cuerpo tiende a seguir a aquello que le es familiar; por tanto, lo imaginado previa y repetitivamente incita al cuerpo a 'repetir' una rutina de éxito – aunque sea la primera vez que físicamente la hace.

Este efecto placebo, ampliamente documentado, funciona. (Y no tiene un prospecto con medio metro de contraindicaciones).

El neurocientífico Newberg habla de un 'gen de Dios': cuando no tenemos una explicación que encaje con el córtex cerebral (o sea: científica), la atribuimos a una entidad superior, incognoscible, distante, misteriosa que, además, mueve los hilos y dirige todo este cotarro. (Excusa perfecta, por cierto, para echarle la culpa cuando las cosas no son como queremos/creemos que son).

Pero además, hay un pequeño 'fallo' (sí: torpedo a nuestra arrogancia) en nuestro sistema neuronal: creer que todo 'debe' tener una explicación pues, de lo contrario, nos sentimos abrumados por el caos de los acontecimientos -- por eso buscamos razones (racionales) a todo. (Aplicación útil de esta premura, obvio, se halla en la Ciencia -- que no entendamos aún las Leyes de lo que gobierna el Universo, no quiere decir que no las haya: lo que una filosofía oriental llama 'Tao', Heisenberg llamó 'Física Cuántica').

Finalmente, nuestra prepotencia ('cima de la evolución') nos lleva a argumentar hasta la violencia con otros humanos las razones por las que 'tenemos razón': lo cierto es que, aunque no la tengamos... siempre la tenemos. Nuestra verdad es cierta siempre, sí: pero no quiere decir que sea verdadera. (El conflicto humano raramente se origina por 'hechos' tangibles; más bien por las opiniones e interpretaciones de esos hechos: desde la separación dolorosa de un amor adolescente, hasta una conflagración mundial).

En resumen: si no sabemos las razones de algo durante un período de tiempo incómodamente largo, nos inventamos las causas (divinidades para-humanas, fuerzas extrañas, superstición) o nos sumergimos en la investigación científica hasta que damos con la clave.

El vacío en ese espectro entre el des-conocimiento (no saber aún) o ignorancia (no querer saber) se llena mientras tanto de Vendedores de Verdad que, además, aprovechan un resquicio adicional de nuestra naturaleza gregaria: en cualquier organización (social, política, deportiva, religiosa...) grande, la gente se define no solo por su credo, sino por su 'diferenciación' de otros: para ser 'nosotros' somos 'no-ellos'.

Poco aúna más a un pueblo que inventarse a un enemigo común y externo (sea un país, sea una religión, una etnia, una crisis económica).

Si 'dios' no existe (o no queremos que exista, y las religiones nos desilusionan cada día porque son más in-humanas que divinas) es cuando se exacerba un vacío que la-mente-que-todo-lo-busca-explicar intenta cubrir. Y aquí, jugando con las emociones, se pueden mover masas por aquellos avezados y sin escrúpulos vendepócimas: hacer reír, llorar, entusiasmar a una tribu bien intencionada y hambrienta de claves puede ser empleada para fines cuestionables (¿mercantiles?), vía 'hipnosis soterrada' o alelamiento que lleva al que confía en unos líderes no-íntegros a un chute ficticio de emoción y, pronto, a un soberano guantazo vital. 'Tú cree en mí, que lo demás viene solo (pero no te olvides de hacer el ingreso en cuenta)'.

Un pueblo aunado es crédulo – y, por tanto, fácilmente manipulable.

Pero el espíritu de un grupo es diferente al de un individuo: lo que haces solo en tu habitación no lo harás en la grada de un estadio. (O depende).

Hay quien halla su tribu y piensa como ellos.

Pero el trabajo es inverso:

Primero piensa por ti mismo – y después halla esa tribu que comparta lo que pienses.

Ahora bien, mantente alerta:

Mucho tiempo inmersa en ella y acabarás por pensar que no hay nada más fuera de esa tribu.

Ese será el tiempo de (volver a) cuestionar tus creencias.