martes, 12 de mayo de 2015

'¡Ajá!': Dejar de razonar... para comenzar a pensar

Alan Turing salía a entrenar frecuentemente y era conocido como un extraordinario corredor de maratones.
Él solía decir que correr, además, le reportaba esos raros momentos 'ajá' que todos a veces experimentamos espontáneamente de vez en cuando y que le permitían resolver problemas que le trababan y preocupaban en su trabajo diario.
Le debemos mucho a Alan Turing - y a esas carreras que realizaba. En una de ellas, gracias a uno de esos momentos 'ajá' que sintió mientras entrenaba, nos salvó posiblemente a todos la vida:
En su trabajo como criptógrafo para el Ejército Británico halló, mientras corría, la clave que necesitaba para descifrar finalmente los códigos cifrados de comunicación de los alemanes durante la Segunda Gran Guerra, acortándola al menos un par de años y salvando con ello a miles de víctimas adicionales.
La ciencia determina que son unos 35 minutos los que necesitamos correr para que nuestro cuerpo genere endocanabinoides; para 'colocarnos' con nuestros propios neuromoduladores de un modo seguro, efectivo, positivamente adictivo. (Y legal).
Con efectos similares a la meditación o al Mindfulness, correr bloquea la mente pensante, la crítica, la que dirime lo posible de lo insensato, la que da vueltas continuamente sobre las mismas soluciones conocidas para intentar resolver problemas que sin embargo son nuevos.
Para resolver lo imposible -- hay que pensar lo imposible.
Cuando cierta situación, obstáculo, problema, nos bloquea, a veces lo necesario es, precisamente, *dejar de* pensar en ello: quitándonos de en medio -oh, seres pensantes- para que la mente subconsciente macere la situación mientras generamos -mediante ejercicio aeróbico continuado- las circunstancias y la disposición internas en nuestro cuerpo para que esa solución *diferente* se materialice por primera vez en nuestra mente.
La mente sigue al cuerpo. El cuerpo sigue a la mente.
Nuestras decisiones siguen a nuestra mente; y nuestras acciones son consecuencia de nuestras decisiones.
Así, y siempre fue así, nuestros resultados dependen de nuestra propia disposición mental:
Si los resultados no nos agradan, es más sencillo cambiar nuestra disposición que intentar cambiar un universo entero que -creemos- conspira para no agradarnos.
Lo primero se llama aprendizaje.
Lo segundo, rematada estupidez.