viernes, 2 de diciembre de 2011

Cansado... ¿de qué?

Están los dos extremos.

Por un lado, está el trabajar en algo que nos cansa, extenúa, erosiona nuestra energía. Da igual estar solamente una hora, en esa (otra más) reunión inútil, la edición en el último minuto de esa inacabable hoja de Excel o el repaso una vez más de esa presentación-coñ*zo antes del día que viene a la oficina la madre de todos los sheriffs. Llegamos a casa y nos sentamos derrumbamos en el sofá cansados, rendidos, fundidos, disgustados, encabr*nados con el mundo. Quemados.

Desde la esquina contraria nos observa, mientras, aquello que experimentamos haciendo cosas que nos centran, nos envuelven, nos absorben, nos seducen. Da igual las horas que dediquemos: nunca nos fatiga realizarlas. Aunque no hayamos comido en horas, o levantado nuestra vista de una pantalla con eternas líneas de codificación, de nuestro óleo aún difuminado, de nuestro novedoso postre de diseño, de nuestro primer prototipo en cartón-piedra.

A igualdad de ingesta calórica, a igualdad de horas de sueño, a igualdad de entorno social, el segundo parecería incombustible. A fin de cuentas, ¿quién se siente cansado de crear, producir, realizar proyectos en lo que le gusta? ¿Tiene sentido biológico el estrés cuando se hacen cosas que de veras nos apasionan?

Pero hay más. El problema del cansancio crónico de los primeros es que éste 'hace saltar' el instinto de supervivencia: somos más susceptibles emocionalmente (más agresivos, impacientes, sensibles - y, por tanto, menos racionales), empleando por consiguiente el tiempo que conseguimos rascar de debajo de las piedras para des-cansar (tanto luchar contra el mundo desgasta al más pintado), en la medida de lo posible, haciendo algo completamente estéril. (Aunque a veces esto viene realmente bien, sobre todo el domingo por la mañana).

Uno ya no sabe si descansa para producir mejor en lo que no le gusta, o descansa porque al hacer tanto tiempo lo que no le apasiona le da la pájara más rápidamente. Ni descansando nos sentimos descansados (¿depresión post-vacacional, alguien?). Y dénos igual la jalea real, el ginseng, taurina en lata o la última pulsera revitalizante, nada nos devuelve (¿devuelve?) la energía.

Nos tomamos todo tipo de antídotos, pero nos volvemos a meter en el avispero. Así, a pelo. Hmm. No hay que rascarse mucho la cabeza para ver qué pieza del puzzle sobra.

Para los segundos no hay fronteras entre lo que (otros) dicen que es trabajo y lo que (esos mismos otros) dicen que es ocio: ni el trabajo es una tortura, un mal necesario para pagar las facturas, ni en el ocio necesitan desconectar de algo que, simplemente, les tiene enganchados, enamorados.

Podemos pedir que la orquesta toque otra canción, o podemos cambiar nuestra pareja de baile.

Lo que no podemos hacer es obligarnos a que nos guste bailar.