domingo, 20 de marzo de 2016

36 horas

Y pasaremos 36 horas tomando decisiones imbatibles.



No tengo tiempo

Es indiferente si el tiempo que teníamos asignado para nuestro proyecto era de seis meses o de seis semanas: la última noche muy seguramente estábamos ‘ya terminando’ los últimos retoques – estresados, preocupados, y hasta las cejas en cafeína.
Planificar es ese verbo que todos conocen, pocos usan, y aún menos ejecutan. Y, por si fuera poco esta desidia nuestra, las posibilidades de que un proyecto culmine del mismo modo que lo que hubimos planificado se reducen prácticamente a cero cuanto más largo el plazo de tiempo que le asignemos, más personas estén involucradas, o más innovador sea. Así, culminar con éxito un proyecto de aquí a dos semanas muy posiblemente se deba a nuestra incuestionable destreza; pero culminar con éxito un proyecto de aquí a dos años muy posiblemente haya de deberse a la más indómita –y loca– de las suertes.
Pero no nos conformamos fácilmente. De este modo, buscando domar lo indomable –pues apenas controlamos nada de lo que nos sucede- buscamos trucos rápidos de sesudos gurús, algunos de los cuales cacarean con incisiva arrogancia la innegable similitud de la gestión, pongamos, de un equipo deportivo y la del departamento de ventas de una empresa – sin airear igualmente que los sistemas con los que ambos interactúan no son siquiera equiparables: un partido de fútbol o de voleibol tiene unas reglas precisas, un número determinado de jugadores, un escenario restringido y aislado –como un laboratorio- en el que, en un tiempo muy limitado, deben conseguir una meta muy sencilla el máximo número de veces. En una empresa, por el contrario, las reglas con frecuencia se ignoran, el número de jugadores varía (de hecho, cuantos menos haya y más roles en el equipo asuman, mejor), para lograr metas que a menudo ni ellos mismos comprenden o comparten en un escenario de una complejidad infinita que deja a cualquier grupo humano relativamente numeroso en la antesala de la ingobernabilidad. De este modo, aplicar las tácticas de un famoso entrenador a una multinacional es como usar las instrucciones de un ábaco para pilotar un transbordador espacial. Ambas cosas van de números – pero para el segundo hace falta ser astronauta.
Lo cierto es que esto de planificar es una habilidad de relativamente reciente aparición en nuestro cerebro: tras dos millones de años viviendo prácticamente al día, en los últimos 10.000 años de agricultura hemos pasado de planificar a cuatro estaciones vista (que ya es osado) a planificar la estrategia de compañías y países a 10 años o nuestra pensión dentro de 30. Nuestro cerebro pensante –el córtex- esculpe lo que puede con los barros que le damos, pero solo llega hasta cierto punto evolutivamente: si ni siquiera somos capaces de controlar completamente nuestro comportamiento, difícilmente es imaginable poder controlar los resultados de nuestro comportamiento, por mucho que planifiquemos… llevándonos así demasiadas veces a esa sensación de anorgasmia recurrente cuando, j*der, otra vez, vuelven a fracasar nuestros planes.
Concluimos entonces que lo que tenemos que hacer es aprender a ‘gestionar nuestro tiempo’, y convencemos al tipo de Recursos Humanos para que nos meta en el curso correspondiente.
Excelente idea - si no fuera porque no se puede gestionar lo que no existe.
El ‘tiempo’ no es más que una idea basada en nada. Algo que hace apenas un par de siglos le era irrelevante al común de los ciudadanos. Hasta que el primer humano apareció, el universo ya funcionaba sin un antes o un después, sin conceptos de prisa ni pausa, sin cronómetros ni tic-tacs. Solamente desde que a un primer Sapiens se le ocurriera comenzar a calcular las estaciones, comenzamos a matematizar presentes y futuros, prontos o tardes, mañanas o nuncas.
El tiempo es un constructo mental, un concepto en el que la sociedad occidental (o ya casi global) estamos más o menos de acuerdo en lo que significa, aunque ninguno tengamos idea de cómo definirlo. Así, el tiempo es esa cosa abstracta (15 minutos de sexo salvaje no duran lo mismo que 15 minutos de una endodoncia), que meticulosamente encapsulamos en un reloj (que verificamos en un móvil) y a la que otorgamos un valor intrínseco y subjetivo (intenten meter prisa a un chamán bosquimano o hacerle perder el tiempo a un broker en Hong Kong). Tiempo es aquello del que todos nos quejamos nos falta, pero que luego alegremente carbonizamos mirando por trigésima vez esta mañana nuestro móvil. Tiempo es la excusa socialmente más aceptable para no pasarlo con alguien y lo primero que añoramos cuando de él más ya no nos resta.
Mientras respiremos, a todos nos es regalado un paquete diario con 24 horas. Algunos las llenan con lo superfluo, lo frívolo, lo estéril; otros las llenan por llenarlas, con actividades frenéticas, reuniones, compromisos, cualquier cosa menos encararse con la posibilidad de que al final pueda sobrar tiempo para estar uno solo, que es cuando nuestros ángeles -y demonios- más cómodos se encuentran.
Aunque la mente está diseñada de serie para reflexionar, sin tiempo no es posible - algo que nuestras corporaciones manejan magistralmente: es difícil reflexionar tras diez horas de jornada laboral, dos de tráfico y media de comida rápida - y todo a cambio de unas monedas. Pero, paradójicamente, con demasiado tiempo para reflexionar, la mente acaba por buscar su autodestrucción: estando demasiado tiempo ociosa, sin nada significativo a lo que dirigirse, nuestra mente acaba por derivar ingentes recursos energéticos en comenzar a auto-cuestionar a su dueño (nosotros), a re-pensar nuevas maneras en que las cosas podrían torcerse y a preocuparnos por -e idear- esos miles de cosas que jamás sucederán.
Combinemos por un momento entonces estos ingredientes.
Uno, nuestra (insensata) fe en que podemos planificar lo implanificable.
Dos, nuestra (aún más insensata) creencia en que podemos ‘gestionar tiempo’.
Y tres, nuestra (alarmante) dejadez en hallar un espacio para parar máquinas y determinar si estábamos de hecho yendo a toda velocidad a donde no queríamos ir en primer lugar.
Tendremos entonces a un tipo genéticamente inteligente malgastando sus días zombificado caminando con imparable celeridad a un destino que desconoce pero que no obstante ha planificado.
Dejemos pues al tiempo.
El tiempo, en sí, es inmanejable.
Pero nuestras prioridades, no -- y solo hay una.
Si usted no halla el tiempo para definir la suya, otros se asegurarán de que lo malgaste para colmar las suyas.
[¿Quiere conocer cómo? Venga con nosotros a Ibiza del 6 al 8 de mayo para descubrirlo. Escríbanos a info@incentivosibiza.com ; y descubra lo que hallará allí en el tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=HAUwlYx5D50] Con Eduardo Tejedo y Gregory Cajina.



¿Como siempre?

Aunque la respuesta llamada ‘miedo’ resida principalmente en nuestra amígdala cerebral –que, estrictamente, no ‘piensa’-, también podemos generarnos a nosotros mismos miedo a través de la mera imaginación usando el córtex prefrontal –donde técnicamente sí ‘pensamos’-, creando la misma respuesta biológica al miedo (sudoración, incremento del ritmo cardíaco, aumento de riego sanguíneo a las extremidades) que si estuviéramos buceando delante de un tiburón blanco en celo que no ha almorzado en días.
Y sin levantar un dedo desde el sillón.
Así que deja de preocuparte entonces:
Si no sucede lo que temías, no habrás malgastado el tiempo.
Y si sucede – ten entonces la certeza de que hallarás la respuesta para resolverlo.
Estás aquí porque así siempre lo has hecho.
[¿Quieres saber más? Descubre cómo en https://www.youtube.com/watch?v=HAUwlYx5D50]


viernes, 11 de marzo de 2016

El Cambio Interior - Nos vemos en Ibiza.

Has hecho ya formaciones.
Pero ninguna como esta.
No caminarás sobre brasas.
Ni falta que te hará.
No abrazarás ositos de peluche.
Ni que lo necesitaras.
Pero sí saldrás de aquí absolutamente determinado a construir esa vida que llevas demasiado tiempo ya posponiendo construir.
Solo trabajarás con lo que funciona.
Solo te ofreceremos lo que funciona.
Y nada más.
Ibiza, mayo 2016. Única sesión en España.
Info, aquí.
Y el trailer, aquí.

https://www.youtube.com/watch?v=HAUwlYx5D50

domingo, 21 de febrero de 2016

¿Tan crédulos somos?

Muchas de las así llamadas disciplinas del desarrollo personal aglutinan una hibridación de cosas tan poco científicas –pero tan populares- como las recetas de 'El Secreto' con unas dosis de metafísica y física cuántica (que, seamos realistas, muy pocas personas entienden, y menos dominan), basadas en una visión antropocéntrica (los humanos somos los cracks que deben ser servidos por el mismo mundo que expoliamos) y rematándolas con supuestas destrezas que podemos aprehender, reservadas habitualmente a divinidades mitológicas, con el fin último de cambiar el Universo entero a nuestro antojo.

¿De veras nos creemos que tras un Big Bang y 13.000 millones de años, éste ‘conspira’ para hacer nuestra fugaz vida más fcil?﷽﷽﷽﷽﷽﷽ pensamos que 13.000 millones de años y un Big Bang conspiran para hacer nuestra vida mácil?

¿De veras creemos que si nuestros deseos no se cumplen es porque ‘no los estamos pidiendo de la manera adecuada’?

En el área de desarrollo personal, en general, hay cabida para todo. Posiblemente, la inmensa mayoría de estas disciplinas sean puro humo. Y el resto suelen ser un refrito de algunas otras para-disciplinas o de las ideas de autores populares faltos de rigor alguno.

No nos creemos lo cierto; nos creemos solo lo que queremos creernos.

Este comportamiento errático (del por otro lado este cerebro nuestro pensante) tiene que ver con la necesidad imperiosa de todo Sapiens de 'creer' en algo - particularmente dada nuestra capacidad como seres 'conscientes' y trascendentes y (desde hace unas décadas apenas) con cierta propensión a no tolerar muy bien la incertidumbre que, sin embargo, es, paradójicamente, de las pocas certezas que nos ofrece la vida.

De este modo, si no hallamos una respuesta sensata, contrastada, sólida, objetiva a una pregunta (¿la Tierra es redonda? Sí, lo es, aunque no es una esfera perfecta) entonces, simplemente, nos inventamos otra respuesta que, curioso, suele caer de nuestro lado (¿Para qué está este Universo? Para que conspire para mí).

Ambos factores (necesidad de ‘creer’ + intolerancia por la incertidumbre), añadido además a la peculiaridad del humano de tragarse de partida todo lo que nos dicen -algo adelantado ya por Baruch Spinoza hace unos siglos y respaldado por la Antropología como mecanismo de transmisión de información crucial para la supervivencia- hace que sea sorprendentemente fácil vendernos una idea o una metodología 'milagrosa' que algunos comerciantes elevan con destreza a la categoría de doctrina ‘feel-good’.

Con un poco de tracción (un par de cientos de seguidores que se tragan cebo, anzuelo y sedal + una decena de casos ‘de éxito’ posiblemente por efecto placebo o por pura casualidad) entonces se puede alcanzar un punto crítico de aceptación masiva de una idea aunque pudiera tumbarse con dos minutos de pensamiento serio:

No hay magnífico razonamiento que resista contra una creencia arraigada.

Y cuando muchas de esas personas acaban desilusionadas –habiendo naturalmente pasado por caja- y el gurú de turno está disfrutando de los réditos de la venta de sus pócimas, es cuando tenemos dos opciones: o comenzamos a tolerar aquella incertidumbre vital de la que huíamos en primer lugar (algo relacionado con la sabiduría vital), o nos dejamos llevar de nuevo por la siguiente corriente o moda de alteración cuántica del universo conspirador.

La elección podría ser clara – o quizás no tanto.


La tierra, a fin de cuentas, no fue redonda durante milenios.


viernes, 19 de febrero de 2016

Deje de perder el tiempo intentando ser feliz.

Deje de perder el tiempo intentando ser feliz.
Las personas ‘felices’ solamente lo son, por temperamento, un 15% de la población.
Es decir, usted y yo, muy seguramente, seamos parte del 60% que somos moderadamente felices, o del 25% restante que tiende a la melancolía.
La peculiaridad ‘feliz’ se halla en los genes (como la del color de ojos o el número de dedos pulgares), definiendo por ‘felicidad’ sobre todo la presencia de dos características temperamentales:
- La baja resistencia (rechazo) a las vicisitudes y cambios que en su camino arroja la vida.
- La elevada capacidad de mantenerse en círculos relacionales de alta calidad y apoyo. (No, Facebook no cuenta).

En otras palabras: los más sociales y a los que más les resbalan las cosas que no les agradan son los que consistentemente son dichosos por naturaleza.
Todos conocemos a alguien así: parecería que podría ser esa permanente animadora con pompones que siempre permanece exultante aunque su equipo vaya perdiendo de treinta, le hayan subido cinco puntos el interés de su hipoteca o haya pillado a su pareja haciendo orfebrería con su mejor amiga.
Alabados sean.
Ahora bien, el resto, la inmensa mayoría del resto, no ‘nacieron’ felices. Del mismo modo que no nacieron con ojos azules, con cuerpo de pentatleta o con tentáculos. Simplemente, la Naturaleza no lo quiso.
El problema de esto hace unos tres siglos hubiera sido irrelevante. La gente –no perteneciente a las élites- ya daba por hecho que tendría que trabajar duro para comer. Que pasaría enfermedades. Que viviría desilusiones. Proyectos que triunfarían y otros que los hundirían. Parejas que vendrían, parejas que se marcharían. Alegrías y desvelos.
O sea – igual que ahora.
La diferencia es que únicamente en estos tres últimos siglos –sobre todo a partir del Romanticismo- comenzamos a considerar que la vida debía consistir en una recurrente exaltación de las emociones, de los sentidos.
La vida estaba puesta ‘para que’ fuéramos felices.
No hay desde entonces otra meta para el ser humano más que seguir el mandato de la Providencia de ser felices.
Y esta es la falacia número uno -- que más infelices al día está causando.
La número dos, más o menos también en los trescientos últimos años, viene cogida de la mano de la Revolución Industrial: mayor producción sostenida significaba mayor consumo. Mayor consumo generaba aún mayor producción. A más compras, más comodidad. A más comodidad, más seguridad. A más seguridad, más felicidad.
Bingo. El capitalismo se convirtió pues en la llave maestra de la cerradura de la felicidad.
Y esta fue –y es- la falacia número dos:
‘La felicidad se puede *comprar*.’
Así emparejados, Romanticismo y Capitalismo llevan robándonos nuestros mejores años trabajando como bestias y persiguiendo hasta la idiocia los modos de poder comprar –tener- más cosas, con las que ser –fijémonos bien: ‘ser’ – felices.
Erich Fromm ya nos alertaba de la sustitución en nuestro modelo social del ‘tener’ anteponiéndolo al ‘ser’, al constatar cómo comenzamos a acudir en masa al ritual de la compra en los templos del consumo, buscando hallar la dicha última en una transacción económica inmediata antes que en un propósito significativo vital.
¿Y qué dice la Neurociencia? En efecto: avala al señor Fromm.
El núcleo accumbens es uno de los centros del placer de nuestro cerebro, perteneciente al sistema límbico. Ahí experimentamos, obvio, ‘placer’ – cuya causa grabamos en nuestra mente para buscar repetir la experiencia: si una bola de helado de chocolate belga proporciona placer, qué no hará –en teoría- comerse el bote entero. Aplíquese la misma lógica en la bebida, el sexo, el consumo de cocaína o el ir de compras.
Y funciona, claro que funciona.
Ahora bien, recordemos: el circuito activado del cerebro es el del ‘placer’, no el del ‘bienestar’ (o, retando a la genética, el de la ‘felicidad’).
Para que este ‘bien-estar’ significativo se produzca, el placer no basta. Hace falta activar simultáneamente el lóbulo prefrontal izquierdo – o sea, donde se localiza nuestra sensación, puramente humana, de ‘Propósito’. (Sí, la aparición de la conciencia en nuestra especie trae consigo este pequeño defecto de funcionamiento: cuando durante demasiado tiempo hacemos las cosas sin un ‘para qué’ razonablemente claro, o nos encabr*namos o, peor, nos embrutecemos al empequeñecer nuestra colosal capacidad mental al subsuelo de la tarea repetitiva sin sentido. Al convertirnos en meros recursos productivos. Recursos humanos).
En suma, es muy posible que usted no haya nacido ‘feliz’ por su genética: solo el 15% de la población ha nacido así de risueña.
Pero no le eche la culpa aún a sus padres.
En su manga tiene como última carta –y la más importante- la decisión de elegir buscar las circunstancias necesarias para sentirse plenamente dichoso con su vida.
Para ello, busque que sus labores cumplan las siguientes peculiaridades el máximo posible de tiempo:
1. Que le otorguen el máximo placer a sus sentidos. Que para eso están.
2. Que tenga un sentido arrebatador - aunque no sea el que su jefe querría saber. Disimule ante él si hace falta.
3. Que le permita desarrollar un trabajo muy retador – pero tampoco demasiado. Que nos guste volar no quiere decir que debamos hacernos cosmonautas.
4. Que le permita desarrollar un trabajo con cierta maestría – pero sin que sea demasiado fácil tampoco. El estrés por una actividad subóptima es igualmente demoledora que la causada por la actividad que nos sobrepasa.
5. Que esté en el contexto social adecuado. A fin de cuentas, no hay tarea que merezca la pena sin otras personas a las que servir y aportar un valor – y que -concesión a la vanidad- aprecien lo que hacemos.

Por eso, ‘ser feliz’, en realidad no tiene ningún sentido como meta vital: si lo somos es porque la genética ya así lo quiso. Y si no lo somos, jamás lo seremos pues no podemos elegir modificar nuestros genes con tanta facilidad como quien cambia de vestimenta o se inserta bolsas de silicona a ambos lados del esternón. Por romántico que sea.
Ahora bien, ‘sentirnos bien’, tener un (muy) elevado bien-estar vital, es una meta no solo posible, sino uno de los dos mayores motivadores que tenemos en nuestra vida.
Siendo el otro, simplemente, sobrevivir.
Quizás, después de todo, solo haya entonces tres tipos de personas en el mundo:
Los que ya de por sí son dichosos, hagan lo que hagan, pase lo que pase.
Los que trabajan para diseñar su propia dicha, con un propósito, con el placer de apreciar lo bello, lo sensual; con entrega resoluta a una labor con significado y valor para sí y otros.
Y los que se limitan, tan solo, a sobrevivir -
Intentando 'ser' felices.
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[¿Saber más de esto? Infórmate sobre El Cambio Interior: un fin de semana de éxito extraordinario trabajando tus metas en Ibiza, con Gregory Cajina y el Dr. Eduardo Tejedo en https://www.youtube.com/watch?v=HAUwlYx5D50]