miércoles, 6 de marzo de 2013

El equipo perfecto

No necesariamente ha de haber una elección taxativa entre coach *o* mentor: su trabajo es diferente, pero puede (¿debe?) ser complementario.

El coach pone sobre la mesa un proceso de trabajo contrastado para que el individuo se realinee ('re-enchufe') consigo mismo: que lo que piense (cabeza), diga (verbalización externa y diálogo interno), sienta (ah, el corazoncito) y haga (lo que sus manos modelen) estén en la misma página; no en la de otros que le llevan diciendo durante años lo que 'debe' hacer o lo que 'se espera' de esa persona. Ya no.

Por su parte, el mentor toma a un tipo que 'ya' lo tiene claro (el momento en el que el coach termina su labor), y le acelera a fondo por la vía rápida: en lugar de pasarse décadas tanteando la oscuridad en una dinámica ensayo-error-error-error-¿acierto?, el mentor le ahorra tropezones innecesarios (y años de vida): a fin de cuentas, cuanto antes despunte el 'mentoree', el 'acelerado', más se beneficiará su tribu de su maestría.

Ambos procesos, coaching y mentoring, sin embargo, comparten un riesgo crítico:

Si el individuo no tiene perfectamente asumido que su propósito es volar en solitario (que no 'solo'), sin un avión nodriza que le guíe sine die con la excusa de 'aún no sé lo suficiente', entonces habrá triunfado una vez más el pretexto, la excusa. El miedo.

Si eres coach o mentor, escoge a quien te quiera dejar pronto para volar por su cuenta.

Si eres coachee o mentoree, escoge a quien te lleve de la mano, sí.

Pero tú caminando delante.