jueves, 24 de noviembre de 2011

Elegir por defecto

Cuando un artista pinta un retrato, suele enfocar su obra de una de dos maneras: a) pinta directamente el retrato (sobre todo los más experimentados); b) pinta todo lo que no es el retrato que desea - para después borrar lo que sobra.

Miguel Ángel afirmaba que él no esculpía nada - más bien eliminaba el mármol que ocultaba a su Piedad, Moisés, David.

Cuando una persona descubre, decide y está determinado a cambiar las decisiones que afectan a su actualidad, se encuentra con frecuencia con que no tiene claro qué quiere hacer. Es más - posiblemente tenerlo claro (lo que sea que signifique ese 'lo' de tenerlo) sea la excepción.

Frecuentemente, además, caemos en la falacia de que para cambiar es necesario hacer el salto de la situación actual a la deseada.

No hay tal cosa.

Lo habitual es sumergirnos en una travesía de la situación actual a una situación deseada que, la mayor de las veces, es una etapa intermedia, de transición, a veces de avituallamiento incluso - que al principio tiene más pinta de tierra-de-nadie que de Tierra Prometida: ni lo conocido inefectivo que me mueve en primer lugar, ni el vergel del Edén que imagino es mi destino.

Las travesías no solo se navegan escogiendo rutas... sino también escogiendo no-rutas: 'quiero emprender, no sé en qué, pero nada que ver con bienes industriales'; 'quiero cambiar de trabajo, no sé a qué, pero seguro que a nada que tenga que ver con lo mío'; 'quisiera hallar pareja, no sé cómo ha de ser, pero tengo claro como no quiero que sea'.

A veces escogemos por defecto, por eliminación. Como método de selección es perfectamente efectivo a corto plazo.

Sobre todo cuando se presenta esa especie de abotargamiento que le da a uno cuando la indecisión se vuelve rutina. Cómoda rutina.