jueves, 2 de febrero de 2012

Reescribir la historia

La mente tiende a sentirse incómoda con lo que no tiene explicación aparente.

No sabemos cómo de grande es el universo, así que llegamos a creernos, durante siglos, que somos el centro mismo del cosmos visible.

No sabemos cómo se generó la vida o qué es el bien y el mal (absolutos y universales, no los 'eventos buenos/malos'), así que nos inventamos divinidades humanizadas a partir de las cuales crear y justificar respuestas propias que ponemos en su boca.

Desconocemos por qué las cosas nos suceden, sobre todo cuando son contratiempos, problemas o duras pérdidas, así que nos taladramos el cerebro con ¿por qué?, ¿por qué, ¿por qué? hasta que llegamos a una respuesta plausible y aceptable por nosotros mismos y, quizás, para los demás que no anden demasiado atareados con sus propios por qués como para prestarnos algo de su atención.

La vida, es fácil, puede acabar siendo una sucesión de eventos sin aparente relación, pero a la que nosotros le damos sentido uniendo cada uno de ellos con el fin de adivinar una historia con prólogo, nudo y resolución.

Nuestra mente revive cada día a partir de las memorias y recuerdos de aquello que fue o creemos (queremos creer) que fue, y los sueños y anticipaciones de lo que querríamos que fuera el futuro. Este pendular pasadofuturopasadofuturo tan propio de nosotros Sapiens con que erosionamos los segundos de nuestro tiempo ('antes todo era más fácil'; 'mañana ya me pondré con eso') es el que nos desvía la vista de un presente inmediato que se desliza entre los dedos tan rápido como la arena a la orilla del mar que intentamos aprisionar con mayor fuerza pretendiendo evitar que se escape entre nuestros dedos. (Paradójicamente, lo contrario es excusa perfecta para no-hacer-nada-diferente: nos ensimismamos tanto en un presente de tareas, tareítas y tareones inmediatos que solventar, que lo usamos como sordina de aquellas memorias que lastiman nuestra alma, o como el potingue mágico que nos protege de encarar un futuro impredecible).

Con el pasado poco resta hacer en cuanto a los eventos objetivos que sucedieron... aunque no así con la interpretación que hacemos de los mismos, los cuales permanecerán de por vida variando según la serenidad de la perspectiva que solo los años regalan y la calma de permanecer cada vez más indiferente a las expectativas que otros tienen sobre cómo deberíamos liderar nuestra existencia: lo que ayer creímos una desdicha hoy se torna en lo mejor que podía habernos acontecido. Y viceversa: lo que parecía un golpe de suerte era, en realidad, el envoltorio de un caramelo envenenado.

Puede ser una bendición el que los eventos menos gratos puedan ser tatuados en nuestros recuerdos con los colores que elijamos sin sucumbir a la carga emocional con que la inmediatez de los eventos entonces nos oprimía: el tiempo sana el dolor y filtra los mejores recuerdos como mecanismo de protección de nuestra psique y nuestra autoimagen.

La historia siempre la (re)escriben los ganadores; si la historia es la misma, será el escriba quien cambie.